De cara al horizonte

lunes, 22 de marzo de 2021

El monstruo del hilo

Se sentó, dejándose caer, casi como si la vida le hubiera abandonado y su cuerpo fuera un mero montón de materia vacía, a la que la gravedad reclamaba por ley. Y ahí se quedó, inerte, cáscara vacía de un alma hueca donde solo retumbaba el eco de sus recuerdos, como si fuera un monstruo de proporciones inmensas resquebrajando con violentas pisadas el suelo de su memoria, perdido en un laberinto indescifrable en la parte más remota de su consciencia. Pero allí sólo llegaba una vibración, un pequeño hormigueo tan insignificante como la tenue luz de una bombilla vieja sumida en la oscuridad de la inmensa noche. Así estaba, en medio de un denso letargo, sintiendo sus nervios pero no sus manos, inhalando sin respirar, mirando sin ver, oyendo sin escuchar. De repente, sintió una pequeña punzada en su estómago, como cuando un niño pequeño hace una trastada y se olvida de ella hasta que su madre encuentra una prueba inesperada, una pieza perdida de un puzle que creyó tirar. Esa punzada que agujerea tu cuerpo y anticipa un dolor que, aunque desconoces por qué, ya sabes que llegará. Los nervios le devolvieron la consciencia y las manos recuperaron el nervio, y empezaron a buscar una grieta en esa cáscara vacía que era su cuerpo, hasta topar con un hilo que atravesaba su corazón. Un pequeño hilo que se perdía en la inmensidad de la noche sin vislumbrar su fin, y cuyo inicio parecía estar en lo más profundo de su ser. Sus manos lo agarraron con fuerza y comenzó a doblarse sobre sí mismo, siguiendo el camino hacia el abismo de su interior. Al principio corría con desesperación y sus piernas volaban empujadas por el ansia de resolver un misterio, de responder a una pregunta que aún nadie ha hecho, cuya respuesta ya existe, nadie conoce, pero solo intuirla tiñe de gris un cielo azul. A medida que tiraba del hilo, o el hilo tiraba de él, a medida que se perdía en sus entrañas, comenzó a caminar más y más despacio, hasta que se detuvo. Y sintió en sus manos un temblor, el del hilo que vibraba agitado por los violentos pasos de sus recuerdos. Entonces se dio cuenta de que ese hilo no era otra cosa que el tiempo, y sus recuerdos lo habían encontrado y tiraban de él para abrirse paso entre el vacío de la indiferencia para llegar hasta su cáscara y agitarla con furia para sacarla de su letargo. Pues a veces es mejor una botella llena de barro firmemente asentada en el suelo que una vacía, hueca, arrastrada por el viento que la empuja y golpea sin piedad. Y es que, en ocasiones, los monstruos no son malos, solo arrastran una etiqueta que nuestro miedo les puso para poderse esconder. Corrió y corrió de vuelta, tan rápido como pudo, pero sus manos soltaron el hilo y sus recuerdos le atraparon. En algún lugar del mundo, un cuerpo yace indiferente, inhala sin respirar, oye sin escuchar, y mira sin ver que el hilo sigue ahí, donde siempre, mostrando un camino incierto mientras su alma da vueltas luchando contra un monstruo que nunca lo fue.

jueves, 13 de agosto de 2020

El abismo

No sabía cómo, no sabía por qué, pero ahí estaba otra vez. El mismo abismo ante sus pies, tan profundo que, en la noche, ni siquiera la luna era capaz de alumbrar su frío fondo. Si se daba la vuelta, aún podía ver la huella de los pasos que le habían conducido allí la última vez. Al otro lado todavía estaban los restos de la cuerda que alguien le había lanzado para cruzarlo, ya rota y deshilachada, pues había sido usada más de una vez. Pero ahora no había nadie para lanzarle otra cuerda y no podía volver atrás. Nomadi quiso recordar en qué momento se perdió de nuevo en el bosque, cómo fue capaz de salirse de la senda otra vez. Otra puta vez estaba ahí, sintiendo que todo estaba perdido y que su única opción era saltar al vacío y rezar para que, en ese fondo oscuro, hubiera algo que amortiguara su caída. Esa sensación, una vez más, y eso pese a que las anteriores se juró a sí mismo que jamás se permitiría volver a ese lugar. Y durante un tiempo, nada parecía indicar que así fuera, y el bosque le regalaba un camino fácil, agradable, una senda rodeada de árboles inmensos que, no obstante, eran tan perfectos como para dejar ver el cielo inmenso entre sus ramas generosamente adornadas de hojas. Incluso en la noche, ese bosque recogía la calidez de las estrellas que impregnaba cada milímetro del suelo, cada piedra, cada grano de arena, cada gota de agua de cada charco, río y pantano; y la guardaba hasta que el sol volvía a su lugar para retomar el relevo. Era un bosque tan verde que si la felicidad se midiera en ese color, algún ser en otro planeta a millones de años luz podría observar un tenue resplandor verde inundando el universo saliendo de ese bosque. Y, de repente, Nomadi había abierto los ojos y estaba ahí de nuevo, en ese abismo lleno de oscuridad, donde un riachuelo bordeaba el filo y se precipitaba hacia lo desconocido en dos finos hilos de agua, como si el bosque llorara de dolor. Qué le había empujado a estar ahí otra vez, no lo recordaba, porque él no quería estar ahí. A veces sentía que sus pies avanzaban solos, rebeldes y anárquicos, haciendo caso omiso de lo que su cerebro les ordenaba. Era como si se hubieran acostumbrado tanto a caminar en la oscuridad, en el dolor, que aunque su cerebro les decía que era posible seguir una senda distinta, ellos acababan por volver ahí. Y ahí estaba otra vez, con el alma en los pies, esos que le habían traicionado. Suplicaba por volver a tener una cuerda, por volver a entrar en ese bosque verde y cálido, que era casi como el cielo. Y se juraba a sí mismo que se pondría otros zapatos, unos nuevos, distintos a las otras veces, que domaran a sus rebeldes pies, y que dejaría de tener miedo al pisar el suelo si sus ojos solo veían luz. Pero no hay siempre cuerdas disponibles, y Nomadi no podía contar con que volviera a suceder. Pero tampoco tenía fuerzas para dejarse caer. Así que el pequeño nómada se quedó ahí, sentado, al borde del abismo, y al lado de los dos riachuelos, lloró junto al bosque. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Ahora

Ir tan alto que el
oxígeno me falte,
y allí ser tan feliz
que el oxígeno me sobre.

Mirarte de reojo y
dejar de pensar,
sentir que algo me
arrastra a la muerte cerebral
racional.

Ahogarme con los
hormigueos en las manos
por quererte agarrar
para no soltarte jamás.

Tocarte y descubrir
que la piel es mi
órgano preferido,
bueno, el segundo,
no vamos a mentir.

Vivir sin un plan,
solo por la aventura
de no saber qué
pasará mañana al despertar.

Escribir sin más,
amordazando al cerebro
y enredando el papel 
entre mis venas y nervios,
dejando que mi cuerpo
decida que palabra va...
ahora.

jueves, 22 de marzo de 2018

El científico loco

Qué es la valentía si no se es valiente, si no coges la hoja del diccionario por la letra v y haces con ella un avión de papel en el que metes tus sueños y los lanzas al aire con todas tus ganas para ver hasta dónde llegan. Qué sería de la libertad, nada más que una palabra bonita, si no empezáramos por definirla como nos diera la gana, usarla cuando quisiéramos y traducirla a otros idiomas con sonidos inventados. Qué sería de los principios, de la vida, que es en sí caos y cambio, si nuestra vida no fuera en sí un cambio permanente, una voluble y concienzuda expresión de nuestro yo más intenso e interno, y al mismo tiempo, un terco y definido reflejo de una ambición clara. Ay, qué sería de la felicidad si no la buscáramos a costa de todo y de nada, si no la persiguiéramos pertrechados con tantas armas que nos hicieran daño hasta en el sentido común, si no dejáramos volar nuestra imaginación tan lejos que la razón apenas pudiera seguir su camino, ni siquiera su estela, ni siquiera el rastro en el recuerdo de aquellos que la vieron pasar. Qué sería de tantas cosas si no las hubiera visto en ti, si no me las hubieras contagiado, inculcado, contado, demostrado, a veces negado o renegado, si no las hubieras llevado grabadas tan a fuego en tu piel que hasta las células las sienten. Qué sería de mí, más que un nombre, un DNI, si no fuera por ti. Y qué contento estoy de mí, por ti, porque hasta las cosas en las que no nos parecemos me gustan, bien porque me gustan en ti, bien porque el hecho de que las personifiques las han borrado de mi ser. Eres como la probeta gigante de un científico loco que olvidó la ciencia y cuya única hipótesis es que la vida está para vivirla. Gracias por enseñarle al mundo, por enseñarme a mí que equivocarse puede ser bueno y que ser feliz es algo tan impagable que merece la pena arriesgar hasta lo que uno no tiene por el mero hecho de poder tenerlo todo. Gracias, porque solo pensar que estás ahí, que te tengo de ejemplo de tantas cosas buenas y, seguramente, para que no me corrijas llena de humildad, malas; es el mayor regalo que me has dado nunca. Y te lo recuerdo hoy, en el día de tu cumpleaños. Qué egoísta soy. Justo eso no lo aprendí de ti.

Felicidades mamá.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Perdiendo el norte

He perdido el norte, también el sur,
me he perdido tanto que lo único
que encuentro en este puto mundo eres tú.

Y no sé si la brújula ya no funciona
porque eres tú el imán que ha convertido
su manecilla en un juego de azar.

He quemado los mapas
con el fuego que arde
en mis manos, en mi pecho
cada vez que te veo.

He pensado que mejor
no vuelvo a pensar nunca más,
que me arranco el cerebro
y ya, si quieres, lo puedes tirar.

He arrancado de mi sangre
toda voluntad que no sea
ser feliz cuando sonríes.

Pero aún queda un amargo
aroma a miedo cada vez
que de tu boca sale un silencio.

Y aun así, pese al miedo,
pese a tus silencios
y a los silencios,
a tu rebeldía
y a la rebelión
de un mundo que se
revuelve contra mí
sin aparente razón.

Aun así, joder, qué feliz soy,
solo con sentir que estás ahí,
que aunque no sepa a dónde,
ya sé que solo no voy.

miércoles, 14 de febrero de 2018

El día en que Nomadi encontró su hogar

Bosques frondosos, mar abierto, acantilados tan altos que el vértigo absorbía el oxígeno de su cerebro y la valentía huía de su pecho por sus piernas dejando un cosquilleo nervioso al borde del miedo. Nomadi había visto de todo, había viajado tanto que sus pasos formaban ya una historia en la que el principio parecía muy lejano y el final era incierto. Nomadi viajaba y viajaba, pero nunca encontraba un sitio al que llamar hogar. Y hablaba con las criaturas que habitaban cada lugar, acribillándoles con preguntas, secuestrando su tiempo y obligándoles a formar de su causa perdida. Y escuchaba a las plantas, al mar y al viento. Pero nadie tenía la solución. Al final, siempre pasaba lo mismo: la frustración llenaba a Nomadi de un dolor de fondo, como un ruido en forma de zumbido que llenaba los silencios de su vida. Y abandonaba ese lugar, recordando a todas las criaturas que había conocido y dejándolas atrás, emprendiendo de nuevo su camino solo.

Y Nomadi viajó y viajó, buscando su hogar. Dejando atrás conversaciones, historias y vidas enteras, y emprendiendo de nuevo su interminable travesía solo. Hasta que un día Nomadi, al borde de uno de sus acantilados, a punto estuvo de encontrar la muerte. El azar quiso que encontrara tierra firme de nuevo en vez de precipitarse al abismo. Y en esa fracción de segundo en la que la vida pasa por delante como una película con protagonista e inesperado final, comprendió la verdad. El mundo era su hogar, pero no el mundo de los árboles, ni las piedras, ni el mar, sino el de los búhos, las serpientes, los leones y las cucarachas. El de las vidas de todas aquellas criaturas que le habían regalado su tiempo para ayudarle, a las que había conocido en medio de su interminable viaje. Así, Nomadi aprendió que el mundo es solo eso: infinitas partículas y átomos a los que el tiempo ha dado múltiples formas. Y que su hogar habita en las personas que dan forma a ese mundo, que lo habitan, que nacen, viven y mueren, dando su espíritu a una historia mucho más grande que la de su individuo: la del universo.

Ahora Nomadi comprendió que lo que importa no es a dónde ir, sino con quién. Y en lo alto de otro acantilado divisa el mar. La noche cubre el bosque iluminado por diminutas luces, la de las criaturas que lo habitan y que son su hogar. Pero Nomadi ya no está solo, vuelve a viajar acompañado y llevando a cuestas su hogar. Hola Yoko, bienvenido a este interminable viajar.

martes, 7 de noviembre de 2017

Conjugando verbos estúpidos

Me recorres desde la suela de los pies
hasta la punta del alma,
me retumbas desde la oscuridad
de mi pecho hasta la luz de mis ojos.

Te siento en el cosquilleo que
ruboriza mis entrañas al respirar,
en los pasos torpes que doy
cuando no me dejas pensar.

Te siento en los tiempos muertos
que me retuercen el estómago,
y me ahogan, me aplastan,
como si por dentro fuera a reventar.

Y si recogieran mi cuerpo en trozos
ninguno de ellos tendrían sentido ya,
porque son un puzle que solo
tú sabes cómo volver a formar.

Te siento tanto que no siento nada
más allá de imaginarte infinito,
de quererte entre silencios,
de gritarte entre suspiros.

Me río por no llorar, porque ya no sé
si es de tristeza o de felicidad.
Me has mezclado tanto por dentro
que yo ya no soy yo, ni fui, ni seré.

Porque has deformado tanto la realidad
que los verbos juegas y me liarán,
y retorcieron mis frases hasta
que las hubieran hecho una calamidad.

Y vengo de aquí para allá sin saber
ni el inicio ni el final, igual que
esta historia que has escrito
sin saber siquiera que se iba a publicar.



miércoles, 18 de octubre de 2017

Me quemo, me hielo

Y si tu mirada no fuera un enigma,
ni tus silencios una interrogación,
y si mis bromas fueran respuestas
y todo esto no sea una equivocación.

Me rajo los brazos por la mitad
para que leas entre venas
que me muero si te callas
y que yo no sé qué contestar.

Me has abierto el alma de par en par
y apenas te has parado a mirar
que me he puesto como loco a temblar
temiendo que sea mío lo que hay dentro.

Me rompes, me deshaces,
me entretienes, me detienes,
en los suspiros vacíos y huecos
que me taladran las sienes.

Cómo has conseguido
calarme hasta los huesos
y convertirlos en arcilla
que moldeas entre tus dedos
con descuidada asimetría.

Qué deseas, qué esperas,
qué piensas cuando
creo
que me quieres.

Sangre, sudor, las lágrimas no las quiero,
y quiero creer que no vendrán,
pero creo que lo quiero menos
de lo que te quiero cuando aquí, conmigo estás.

Arde la piel, se quema,
tanto con la llama de fuego
más intensa,
tanto con un iceberg
de triste y depresiva indiferencia.

Y pienso, y creo, y quiero creer,
porque tus ojos me dicen que sí,
y tus manos también.
 
Pero me muero de miedo al imaginar
que todo sea mentira, y te vayas dejando
el alma abierta, de par en par,
y se me enfríe la vida, y se me hielen las ganas
de respirar.





miércoles, 23 de agosto de 2017

Matemáticas diferentes

Se me hace el corazón sangre
solo de pensar que pueda pasar,
que en algún momento no haya
nada más que un centímetro de aire.

Se me parten las venas por la mitad,
y la cabeza también, solo al imaginar
que pueda ser real, que un instante
se convierta, de repente, en la eternidad.

Ya no sé ni cómo respirar, ni para qué,
si el oxígeno hace tiempo que mi
cerebro abandonó, y sobrevive
de bocanadas turbias que llegan del corazón.

Qué fácil es coger el diccionario y arrancar
todas sus hojas, romperlas y tirarlas sin más,
y hacer con ellas una inmensa hoguera
en el que la palabra lejos arde sin piedad.

Qué difícil parece que la noche y el día se
puedan besar hasta fundirse en un ente
único que no se puede diferenciar, salvo
por el color de la luz y media mano de más.

Y si me tiembla la voz al pensar
que todo lo que empieza, puede acabar,
pero si pienso no siento, y eso me
asusta incluso más.

Sentir, dejarse llevar, vivir y olvidar,
o recordar, que uno más uno es dos,
pero todo depende de lo que quieras sumar.


domingo, 6 de agosto de 2017

Pensar sin pensar

Qué hacer si al pensar
algo se rompe por dentro
y todo parece que se va a desmoronar.

Dónde esconder esa voz
que habla sin decir nada
y, por dentro, la quieres ahogar.

Cómo encontrar la paz
que, en medio de la noche,
se consiguió escapar,
dejando tras de sí un rastro de sangre mortal.

Por qué es tan fácil
que una palabra, un gesto,
llenen tus suspiros de angustia y pesar.

Qué sentido tiene pensar
en qué hacer cuando no hay voluntad,
cuando te tiembla la respiración
solo al imaginar cosas que
ni siquiera han llegado a pasar.

Y la cabeza se convierte
en un estercolero de paranoias,
mil ramas de un árbol podrido
que hunde sus raíces en apenas
tres segundos de tu vida.

Mil versiones distintas de una historia
que jamás llegará a suceder,
que sólo se escribe con la sangre
que se escapa de tu cerebro para perderse por tu cuerpo.

Cuando pensar ya no es lógico
sino un burdo disfraz con el que ocultar la verdad:
la historia que imaginas una y otra vez
y que se muere cada vez que recuerdas que no es real.

Qué, cómo, dónde y por qué,
preguntas que no valen una mierda
si no las sabes responder.


sábado, 22 de julio de 2017

Uno, dos, tres...

Odia las noches que te oscurecen el alma,
las que te envenenan la sangre,
que quema pero no arde,
que desvela sin que haya llama.

Destroza, olvida y borra los segundos
que pudiste evitar pero viviste,
y escupen en tu memoria
como un tributo a tu estupidez.

Llora y grita, guarda en silencio
lo que no quieras decir,
sabiendo que pesa y ahoga
como una soga con la que convivir.

No pienses, sufre y miente,
al final lo olvidarás,
y jamás recordarás ese paso
en falso que te hizo perder.

Hay en cada instante
un trozo de tu vida,
un suspiro que llena de aire
tus pulmones, y luego los vacía.

Y cada suspiro lo sentirás distinto:
unos, un cosquilleo triste
que flota indeciso y trémulo,
como una nota perdida
en una partitura inacabada.

Otros, insípidos, intrascendentes,
transparentes e inofensivos,
que solo pasan por pasar,
por llenar el tiempo con algo que contar.

Otros, nerviosos y alegres,
una ola de agua cristalina
que todo lo inunda y lo llena
con la ilusión de vivir.

Y si al final los quieres contar,
"uno, dos, tres...",
 que nunca sea de noche,
porque hay un número ilimitado
de ellas que puedes odiar.

martes, 20 de junio de 2017

Maravilloso silencio

Qué poco hay que decir
cuando las palabras no valen nada,
y es mejor rendirse y solo sentir.

Qué inútiles los pensamientos,
cómo duelen los recuerdos,
cuando el pasado se escapa
y el futuro no quiere llegar.

Y un día, una caricia basta
para cubrirlo todo con felicidad,
para estremecer el alma
y darle alas para volar.

Latidos que se resuenan
con el eco del dolor,
llorando qué bonito es amar
cuando hay una razón.

Qué inservible el tiempo
cuando solo pasa,
qué estúpida el alma
cuando es simplemente una tela
sobre el cuerpo moribundo de la pasión.

Se quiebra el viento como una hoja seca
cuando se escapa en un suspiro de frustración.
Un recorrido lento que, por dentro,
revuelve las palabras que se marchitan
y se pudren, encerradas sin compasión,
cuando la felicidad abrió sus alas y voló.

Y cada latido retumba y arrasa,
vibra contra el cuerpo que se vuelve a estremecer,
y el corazón sigue corriendo, soñando
con volver a encontrar los colores
que inundaron un lienzo de pura emoción.

domingo, 18 de junio de 2017

Las (p)rutas p(r)isas

Abrirse en canal, sangrar,
buscar un bote para
poderlo guardar.
Agitarlo con timidez
cuando nadie puede mirar,
o callar y gritar por dentro,
¿qué más da?
Es casi lo mismo, es casi igual.

Recuérdalo cuando te palpite la sien
cuando te quemen las venas
y sepas por qué, o sepas por quién,
y comprendas que ese cosquilleo inquieto
que te desvela y te rompe por dentro a la vez
no son los monstruos de la razón,
sino el llanto incompleto
que a nadie dejaste ver.

Dónde están ahora tus risas enlatadas
y tus caras de payaso estúpido,
cómo te vas a engañar otra vez
cuando ya nadie te cree,
cómo contarle a un sordo
que lo que oye no es nada
sino el todo, aquello que se remueve en su alma
y no le deja soñar.

Corre tan lejos como puedas y déjalo atrás,
imagina que lo podrás olvidar
mientras notas, sin saberlo, en el peso de tus pasos
que la sombra de tu infelicidad
ha impregnado la suela de tus zapatos,
la firma de un autor que escribió sin saberlo
el principio de su fin sobre un suelo mojado.



miércoles, 22 de marzo de 2017

El origen de lo único

Hace algún tiempo, el universo dio lugar a algo singular y único. Desde su mismo origen, ha inundado la más profunda oscuridad con la intensidad de sus rayo e incluso fue capaz de dar a luz vida. Desde entonces, de forma incansable y sin pedir nada a cambio, todos los días inunda la vida de sus criaturas con una luz fuerte, brillante y tan intensa que es capaz de teñir de esperanza los momentos más tristes. Jamás ha reclamado nada, siempre ha dado todo hasta la extenuación y más allá, desdibujando las líneas de lo humanamente posible, rompiéndolas y haciéndolas añicos. Hace mucho tiempo, el universo dio lugar a algo singular y único, un astro de inmensa energía que inundó la Tierra de luz y vida.

El Sol y tú os parecéis mucho, pero a ti puedo abrazarte sin temor a quemarme. Puedo preguntarte cuando no sé qué hacer, un mero hecho capaz de regalarme una paz de espíritu inmensa. Sé que estás ahí aunque haya más de mil kilómetros entre nosotros. Todos los años te doy las gracias, pero cada año la palabra palidece al lado de todo lo que has hecho y haces por mí y por nosotros cada día de tu vida.

Eres maravillosa, increíble y única, y cualquier cosa que intente regalarte es insignificante en comparación con todo lo que me has dado a mí. El solo hecho de sentir que por mis venas corre tu sangre, esa que te ha empujado a explorar los límites de lo imposible, a cuestionarte el mundo contra viento y marea, hace que sienta una mezcla de orgullo y satisfacción que es el mejor regalo que puedo tener. De momento, no puedo darte nada a cambio, salvo dejarte mi vaca sagrada. Y decirte cuánto te quiero.

Felicidades mamá.

martes, 28 de junio de 2016

Palabras para vivir

Las palabras se escapan de su boca
desde el fondo de su alma,
mientras su corazón palpita libre
para encontrar la paz.

Con cada suspiro, el aire se tiñe
con un fuerte deseo,
el que inunda sus venas con
su fuerte vitalidad.

En cada paso, el suelo tiembla,
a cada segundo, a cada instante,
la vida pasa por ella mientras
la consume con intensidad.

No hay muro tan grueso
que le pueda frenar,
ni tan alto para que su sombra
la pueda ocultar.

No hay bache tan profundo
ni amplio para enterrar
la fuerza con que sus pies
avanzan sin parar.

Se hace la noche, cae la oscuridad,
y sus ojos brillan antes de claudicar
al sueño que Morfeo
le intenta contagiar.

En sueños, su corazón sigue latiendo,
su sangre arrastra por su cuerpo
la firme voluntad de vivir siempre
buscando la felicidad.

Entre las sábanas descansa
un espíritu libre,
un alma que recorre el mundo
de punta a punta sin descansar,
exprimiendo la esencia de la vida
que en cada esquina del tiempo
alguien decidió guardar.

martes, 14 de junio de 2016

El lienzo sin color

Y qué más daba si se iba o si no,
qué importaba anestesiar el corazón
si, al sentir el calor en sus venas,
volaba enloquecida su imaginación.

Lejos, sin rumbo, sin sentido,
hasta llegar a la nada y caer,
y entre sollozos recoger después
los restos de un sueño roto.

El suelo seguía en su sitio,
las paredes, imperturbables, también,
pero su ardiente y mutilador desvarío
lo convertía todo en amargo aire vacío.

Sentado en la penumbra del salón,
se preguntaba dónde estaba la razón
cuando la necesitaba, cuando su cuerpo,
drogado, lo teñía todo de negro carbón.

Abría los ojos para ver el gris, rosa,
y descubrir, desolado, que nada era de color,
que no hay tiempo ni pincel
que pinte el oscuro lienzo del desamor.

Y el cielo, a sus pies, cayó,
y lo atrapó entre el suelo y sus anhelos,
como un pájaro encerrado para siempre
entre las rejas de su jaula de latón.

El tiempo se hizo nada, desapareció,
mientras intentaba olvidar lo inolvidable,
algo que jamás existió, algo tan real
como el dolor de una cicatriz que se abre en el corazón.



viernes, 27 de mayo de 2016

Un chicle, un puzle, un sueño

Volvió a suceder. Una vez más, sus esperanzas se habían estirado hasta casi volverse invisibles, como un chicle rosa que se convierte en transparente cuando de forma inocente lo conviertes en un globo. Y, al igual que la pompa de chicle, sus esperanzas explotaron una vez más. Se quedó con esa sensación de estupidez que sientes cuando te llega el chicle hasta las cejas y torpemente intentas deshacerte de los restos sin sentirte más humillado. Pero, al igual que el chicle, las esperanzas son adictivas y, una vez recuperado todos los restos, en vez de tirarlo volvió a mascarlo, con la ilusión de volver a hacer una pompa más grande y rumiando la ingenua idea de que a la siguiente no explotaría. Y así, una vez más, cogió sus sueños rotos y los unió a duras penas. Cada vez que unía sus maltrechos trozos, su sueño se desconfiguraba un poco más, al igual que un puzle que, cuantas más veces haces, más piezas faltan. Pero a él le daba igual, le gustaba ese puzle, le encantaba mascar ese chicle porque, en definitiva, se había enganchado a sus esperanzas. Y ya no importaba que, día tras día, estas chocaran con la realidad y se hicieran añicos, y sus miles de pedazos cortantes rasgaran su alma por dentro. Qué más daba si al sonreír por dentro lloraba mientras pudiera aferrarse a la romántica idea de que algún día su sueño se iba a hacer realidad. Porque a veces, hay luces que nos guían por caminos llenos de obstáculos, caminos imposibles de los que al final tenemos que huir antes de que nos maten. Pero no hay nada como ver que en el horizonte hay una luz que ilumina un mundo distinto. Por eso, cada mañana, volvía a emprender ese sendero lleno de matorrales que arañaban sus piernas, de cuestas imposibles y rocas puntiagudas.

Pero, al igual que los chicles, llega el momento en el que no dan más de sí, en el que el sabor se convierte en amargo, en el que son imposibles de estirar sin que se rompan con solo intentarlo. Llega el momento en el que la imaginación no basta, en el que los sueños solo duelen y la esperanza es una losa en el fondo del alma, que se hace un nudo en el estómago y te impide dormir. Hubo un día en el que estiró el chicle una vez más, pero la pompa fue ridículamente enana, ínfima, y su estallido fue tan sonoro y doloroso, que supo que tenía que tirarlo. Porque hasta la luz puede llegar a cegar y sumirnos en una oscuridad incierta. Y ese día, su corazón lloró, pensando que jamás volvería a hincharse de emoción al pensar que un sueño podía hacerse realidad. Sus lágrimas anegaron una almohada gris, cansada de soportar el peso de una fantasía nocturna imposible de realizar. Sus llantos acariciaron las paredes por última vez y, de alguna forma se durmió. Pero, al igual que un chicle, las esperanzas jamás se pueden abandonar, y en lo más hondo del ser dejan un vacío lleno de su esencia imposible de reemplazar. Por eso, su chicle duerme en papel guardado en el fondo de un cajón. Por eso, un puzle sin piezas descansa bajo su cama. Y, todas las noches, justo antes de dormir, y aunque él no lo sepa, una lágrima se escapa de sus ojos, y vuelve a empapar la almohada de un sueño que su corazón ansía realizar.

martes, 24 de mayo de 2016

La solución encriptada

Se ahoga el corazón cuando no respira,
cuando no late nada en su interior,
se agota y desespera cuando la sangre
por dentro quema y por fuera está a punto de helar.

No te martirices, ingenuo,
tus lágrimas ya no vendrán,
porque no las liberaste
cuando tu alma te quiso gritar.

Porque el miedo te ata,
te envenena y te ciega,
dejando tu destino al azar
de un paso incierto en medio
de la oscuridad.

No hay normas, no hay caminos
para que puedas encontrar
la luz que en tus sueños
ahogas y que despierto ignoras.

No hay consuelo si no hay dolor
pero sí hay dolor si no hay consuelo,
y con ello, un horrible desvelo
que te sume en una noche sin final.

Grita, corre, huye, miente,
que la verdad te quiere matar,
con el afilado cuchillo que la retiene
en lo más hondo de tu pesar.

Descansa, siente pero no pienses,
ya no hay nada que hablar,
las palabras se quedan cortas
cuando no encuentran su lugar.

Escucha el latido apagado
de tu corazón agotado,
cansado de bombear
una ilusión rota que solo alimenta
tu soledad.

viernes, 20 de mayo de 2016

Nomadi recordó a Enzo

De repente, Nomadi sintió que no podía respirar, que había exhalado todo el aire de sus pulmones hasta dejarlos vacíos. Y por más que intentaba inhalar, nunca era suficiente. De repente recordó aquel momento en el que se arrancó el corazón del pecho y lo estrujó como si fuera una fruta, y al guardarlo de nuevo, estaba seco y magullado. Y al recordarlo, sintió un profundo dolor en su pecho. El aire se había perdido en el viento y su sangre huía por las cloacas en busca de un refugio en el que olvidar cada traumático instante en el que él había ofrecido su vida entera a cambio de una esperanza escrita en un idioma que sólo él podía entender. Había regalado sus sueños, casi los había machacado y pisoteado, todo por alimentar aquella vana ilusión de que Enzo podía volver. Y, cuando estaba casi convencido de que estaba enloqueciendo y comenzaba a recobrar el sentido, un recuerdo volvía de forma furtiva y él volvía a apretar con más fuerza el corazón entre sus manos, mientras la sangre se escurría por sus dedos e iba a parar al suelo. Pero ya ni siquiera los recuerdos servían de bálsamo, ni la esperanza era ya verde, sino que se había convertido en un negro denso e impenetrable, triste y lúgubre. Ahora no podía respirar, y al no hacerlo, miles de ideas se quedaban atrapadas en su mente, incapaces de salir por su boca en forma de palabras. Esas ideas iban de un lado a otro y tomaban el control de su cuerpo inerte, un cuerpo que ya no le pertenecía porque no era capaz ni de respirar ni de latir, un cuerpo del que ya no era consciente.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La risa invisible

Hace tiempo que no sé qué decir,
pero sé que quiero decir algo,
que mi alma arde con violencia,
que la sangre no llega a mis manos.

Cada suspiro parece de hielo,
cada latido, un mazazo sordo y hueco,
y al respirar, mi garganta se agrieta
y sucumbe a un silencio seco.

Me ahogo, y por dentro muero,
porque ya no entiendo cuánto
ha de esperar mi alma para
encontrar, en algún lugar, consuelo.

Y si río, lloro, y si lloro, desespero;
y al pensar, enloquece mi fuero interno,
buscando razones ocultas tras mis
pasos dudosos, vacilantes, inquietos.

Las noches pasan, los días vuelan,
y mis palabras no llegan, se esfuman,
me abandonan y me condenan.

Mis silencios se alargan, arde mi corazón,
arrasado hasta los cimientos por
una oscura e irreverente pasión.

Y, al final, algo acabó, algo murió,
dentro de mi pecho, todo se estremeció,
mientras mi corazón palpita enardecido
por una risa que nadie escuchó.

Y, al final, una lágrima cayó
y empapó el suelo que bajo mis pies
se hunde, como se desvanece la ilusión
de abrir los ojos y descubrir
que mi dolor fue un mal sueño,
y mi silencio, un inocente instante de indecisión.