jueves, 2 de septiembre de 2010
Érase una vez...
Hubo una vez un hombre que acudía todos los días al mar, y desde las rocas contemplaba las olas estrellarse sin cesar. Dicen que aquel hombre buscaba algo. Dicen que anhelaba historias, algo que contar. Entre las piedras esperaba encontrar palabras, frases sin terminar, cuentos sin dueños, fantasías sin final. Las olas murmuraban cosas, la brisa le susurraba sin parar. Pero por más que él escuchaba, nada lograba entender. Cada tarde, desde el borde del acantilado, su larga sombra se podía contemplar, hasta que el sol se escondía en el horizonte y la noche se lo tragaba sin piedad. Un día el sol se hizo de rogar y, escondido entre nubes grises y negras, alargó su letargo sin preguntar. Cuando al fin se dignó a asomarse en el cielo, aun con legañas en los ojos, una sombra surgió de la nada, y en el mar se descubrió su macabra silueta, la de aquel que busca sin razón, que escarba sin parar y, sin darse cuenta, se entierra en su propio buscar. Dicen que el mar se lo llevó, que la sal le corroyó. Alrededor de sus huesos, alguien pudo un día encontrar un montón de palabras partidas por la mitad, escombros de una historia que se derrumbó al empezar. Érase una vez...
jueves, 19 de agosto de 2010
Palabras
Dulce brisa marina que atosiga mi garganta con su aroma a sal. Sol radiante que abrasa mis poros sin piedad. Luna solitaria y presumida, idolatras tu reflejo en la mar, que se revuelve furibunda para librarse de tu imagen fantasmal. Verdes prados, sombríos arboles, que lloráis amargamente al amanecer, y escondéis en vuestras lágrimas los pesares de las gélidas noches, tristes y aletargantes, que se alzan en el cielo y lo cubren todo con su manto de hielo. Qué bellas aquellas palabras que parecen no decir nada. Qué burdas las que se apelotonan sin saber si salen o si entran, si vienen o si van, si tras ellas aguarda un punto y seguido o el final de una historia sin terminar.
lunes, 21 de junio de 2010
Y al final, volver a empezar.
Y llegará el mañana. Y las nubes se volverán de color púrpura, maltratadas por el viento que las empuja violentamente unas contra otras. Y estas llorarán en silencio más tarde, volviéndose negras de luto, después, blancas de indiferencia y, al final, desaparecerán tan pronto como vinieron, dejando tras de si un charco de lágrimas que servirá de consuelo para las nubes venideras. Y así llegará el mañana, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la mente en blanco. Y cuando sea mañana, miraré al cielo y preguntaré con rabia e indignación qué fue de mi ayer, que sucedió con todo aquello que dejé a mis espaldas para no perder el camino de vuelta. Consternado me doy cuenta de que no hay regreso, no se puede volver a empezar. Ni si quiera puedo parar, pues algo me empuja a andar en contra de mi voluntad, como mi corazón, que latirá hasta que la mera voluntad no sea suficiente. Y al mirar a los lados, todo pasa deprisa, corriendo.
Al cabo de un tiempo, encontró un banco. Y detrás de él, una línea difusa. Y detrás de la línea, oscuridad. Cansado, se sentó en él. Todo su cuerpo, todo su ser, agradecieron el descanso. Una brisa ligera comenzó a soplar, refrescante, relajante. Cada vez se fué hundiendo más en el banco, hasta que llegó el punto de no poder levantarse jamás. No importaba, tampoco quería. Súbita pero pausadamente, la brisa sopló más y más fuerte, y poco a poco, el viento se llevaba su cuerpo en forma de arena. Se difuminaba en el espacio, en el tiempo. Cuando toda la arena se hubo ido, una pequeña hoja apareció en su lugar. La oscuridad se replegó sobre sí misma, y suavemente la línea cambió, se desplazó. Detrás de la planta, nada. Delante, un pequeño sendero surgió. Al terminar estas últimas líneas, alguien avanza ya, firme e inevitablemente, hacia el próximo banco.
Al cabo de un tiempo, encontró un banco. Y detrás de él, una línea difusa. Y detrás de la línea, oscuridad. Cansado, se sentó en él. Todo su cuerpo, todo su ser, agradecieron el descanso. Una brisa ligera comenzó a soplar, refrescante, relajante. Cada vez se fué hundiendo más en el banco, hasta que llegó el punto de no poder levantarse jamás. No importaba, tampoco quería. Súbita pero pausadamente, la brisa sopló más y más fuerte, y poco a poco, el viento se llevaba su cuerpo en forma de arena. Se difuminaba en el espacio, en el tiempo. Cuando toda la arena se hubo ido, una pequeña hoja apareció en su lugar. La oscuridad se replegó sobre sí misma, y suavemente la línea cambió, se desplazó. Detrás de la planta, nada. Delante, un pequeño sendero surgió. Al terminar estas últimas líneas, alguien avanza ya, firme e inevitablemente, hacia el próximo banco.
miércoles, 16 de junio de 2010
Un diente de ajo
Un gusano de metal recorre las entrañas del animal, como si un tren recorriera la ciudad. Alguien mira a través del cristal mientras otro lee. Un grupo de amigos hablan y bromean los unos con los otros. Fuera, los árboles se desdibujan al pasar, se emborronan, se alejan temerosos de que el bicho devore sus ramas. A lo lejos comienza a escucharse una melodía. De repente, ella irrumpe cojeando en el vagón y habla, con voz temblorosa y desgastada, de su hija a la que no puede mantener, de un estómago al que no puede alimentar. Comienzan entonces las dudas, los prejuicios... En las caras de los pasajeros se refleja la indiferencia muda que la vergüenza atrapa como puede para que no salga huyendo. En el aire se siente el muro que ha levantado el silencio y los parapetos que tras él se han construido para no dejar entrar ni un atisbo de conciencia. Su discurso acaba, y de forma lastimera vuelve a tocar la armónica, pasando con mucho esfuerzo entre los pasajeros a los que ofrece una bolsa donde purgar su alma. Poco a poco avanza, y al final, el pesado sonar de sus pasos se pierde, el lamento agónico de su música se diluye. Tras de sí, los muros han caído, la vergüenza ha soltado a la indiferencia y se ha marchado pegada a los talones de la mujer, quien la llevará a otro vagón. Tras ella, todo vuelve a la normalidad, y lo único que queda es el sabor amargo de aquel que muerde, sin querer, un diente de ajo escondido en una bolsa de caramelos.
martes, 18 de mayo de 2010
Arena también
Hace tiempo que relleno silencios con ruidos innecesarios, que garabateo ansiosamente papeles en blanco, que inundo el tiempo con hechos baldíos. Hace ya demasiado tiempo... Pero hoy, después de tantos años, el cansancio ha hecho mella en mí. La férra vigilancia que había establecido, tratando de impedir que la verdad llegara a mi conciencia, ha flaqueado. Y ella no ha aprovechado el descuido, entrando al galope, arrasando con todo y con nada. El silencio se ha vuelto verdad sonora que incomoda mis tímpanos como moscardón veraniego, las hojas se han rellenado de palabras escurridizas que escapan a mi goma cuales ratas callejeras. Y las ratas me llevaron a la playa, donde pasé el tiempo cogiendo la arena una y otra vez, viendo como se escurría entre mis dedos otra vez y una. Al fin, me convertí en piedra sin percatarme y, más tarde, en arena. Al fin, yo fui la arena que un día intenté coger. Al fin seré la arena cogida por otro que, en su vano intento de retenerme en sus manos, se convertirá en arena también. Así es como cae un imperio. Así se derrumba un castillo de naipes.
martes, 11 de mayo de 2010
Un payaso de segunda
Caminaba lento, despacio, entre la multitud. Y de pronto, sin previo aviso, el cristal se rompió. Miles de pedazos saltaron por los aires y rasgaron el cielo, que comenzó a llorar. Miró austado, sin apenas respirar, a su alrededor. Nadie se había percatado. Pero los restos de su alma yacían en el suelo. Y entonces sintió el vacío, la angustia, la opresión. Sintió dentro de sí que se encogía, lenta pero inevitablemente, hacia la desaparición. Entre el llanto del cielo, el de sus lágrimas, recogió los cristales rotos. Y al cogerlos, de su piel emanaban rosas, miles de rosas. Y cuantos más cristales cogía, más rosas acababan en el suelo, y al mezclarse con el agua se difuminaban, coloreando el suelo de rojo pasión, de rojo dolor. Un trueno a lo lejos, un rayo en el cielo. Las nubes protestaron ante el dantesco espectáculo. El payaso se retiró, avergonzado, y sólo quedó la carpa, que al final cedió y cayó sobre un rosal diluído que yacía en la acera. Pasaron los días, los años, y un día alguien levantó la enorme carpa de cristal. Debajo, sólo agua, roja agua. En ella, el amargo sabor del dolor perdido. En el aire, el sonido de un lamento sordo y eterno.
martes, 4 de mayo de 2010
Modo sombra On/Off
Estaba deprimida, estaba agotada, estaba que no estaba de lo cansada que estaba de estar. Hasta el viento le parecía horrible y desastroso, con sus manazas llenas de dedos dispuestos a imponer el caos en su pelo. Las nubes que cubrían parte del cielo eran un monstruo venido de los abismos para encapotar sus sueños. La multitud era como una gran masa de problemas que la agobiaban y la empujaban al malhacer, a dejar la tapa de la mermelada mal cerrada, el grifo medio abierto y las puertas goteando, a la dejadez y la desdicha de la desgana. Qué desesperación tan patética... Pero al doblar la esquina todo cambió. Las notas flotaban en el aire y como un hilo de partitura entraron por un oido y salieron por el otro, dejando su felicidad dentro y llevándose la basura que el basurero olvidó durante semanas. Un simple acordeón acompañado de un violín estaban en medio de la inmensa plaza, en el centro de la marabunta, iluminándolo todo con su alegría, su desenfado y su despreocupación. Quizás parezca tonto, pero casi sintió hasta ganas de bailar. Y entonces el viento dejó de ser el malvado peluquero manazas y se convirtió en un liberador de cabellos reprimidos. Las nubes pasaron a ser las perfectas protectoras que dejaban un día luminoso sin que el Sol molestara a la vista, y la multitud una divertida yincana que hacían del tedioso camino al trabajo una experiencia única. Alguien en algún lado se ha dado cuenta de que tenía la linterna en modo oscuro y lo ha cambiado a modo luz. Qué distinto se ve todo ahora y qué igual es el objeto a observar.
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