sábado, 10 de septiembre de 2011
La caja de Leyre
Últimamente ya no sabe cuándo tiene que reir o llorar, cuándo soltar una carcajada tan sonora que rompa el espacio que la rodea, cuándo encoger su habitación hasta convertirla en una caja pequeña que aprisiona su corazón y ahoga sus pulmones. Ha perdido su manual de instrucciones y ya no recuerda cómo tenía que hacer para reiniciarse, para dejár atrás esa locura transitoria que lleva ya demasiado tiempo transitando por su cabeza. El cielo, mientras, sigue a sus asuntos. Y a pesar de ser verano, alterna días de inmenso calor y grandes nubes negras con otros en los que el Sol cubre todo el horizonte, desconcertado ante la idea de sonreir con más ganas que nunca y sentir que todos a su alrededor tiritan de frío, quizás de miedo algunos; otros, por un exceso de café. Y así sigue ella, la pobre Leyre, intentando hacer coincidir sístole y diástole a su debido tiempo. Por las noches se tumba en la cama y se pone a llorar, porque no hay nana que pueda dormirla, que haga que sus ojos se cubran de una fina capa de sueños sin que antes den mil y una vueltas atolondrados por el zumbido incesante de su cabeza. Y, es entonces, cuando no sabe si encoger su habitación hasta convertirla en una caja pequeña que aprisona su corazón, si meterse debajo de las sábanas e ignorar el brillo de las estrellas; o si debe saltar en la cama hasta oir los muelles gritar de diversión, abriendo puertas y ventanas, extendiendo los límites de su alma más allá de lo que el Cielo y la Tierra pueden abarcar, restregándose las lágrimas por su cara a modo de bálsamo hidratante, de brillo de ojos. Con tanta actividad, acaba por rendirse extenuada a los encantos de Morfeo, sin saber aún si al despertar, el Sol llenará de calor la Tierra, si al abrir los ojos debe dejarse llevar llevando o resistirse pataleando en su pequeña caja de cristal.
domingo, 14 de agosto de 2011
Los maullidos de Eduardo
Como un suspiro ruidoso en medio de un salón silencioso, como una cara sonriente en un mar de entrecejos fruncidos. De aquí para allí, de allí para allá, tanta gente, entre tantas personas con sus bocas llenas de saludos y secretos, de alegrías y emociones compartidas. Y sin embargo, no había nadie. Sola. La propia sonoridad de la palabra retumbaba en su cabeza y la apabullaba. ¿Por qué? ¿Alguna vez iba a dejar de sentirse sola? En su largo caminar la acompañaban muchas personas, a muchas de las cuales tenía un gran cariño. Y, sin embargo, a veces tenía la sensación de nadar a contracorriente, de pelear contra el mundo en una batalla horriblemente desigual, uno contra uno, pero un uno muy grande, no el suyo desde luego. Había ocasiones en las que una terrible desazón llenaba sus pulmones hasta casi hacerlos estallar, y corría a buscar un oído que la pudiera consolar, pero no había boca que encontrara las palabras que pudieran ayudar. De hecho, había momentos en los que un maullido de Eduardo podían valer más. Y así prosiguió su camino, intentando saciar su inconformidad, conociendo a gente a cada paso que daba, en cualquier lugar, entablando con ellos conversación y, a veces, hasta amistad. En medio de su frenesí nunca llegó a escuchar cómo Eduardo le quería contar que el alma es un lugar inexpugnable donde nadie puede llegar a entrar. Aún se escucha a Eduardo maullar mientras Silvia reparte "holas" sin parar.
viernes, 12 de agosto de 2011
El fin del pequeño nómada
Ya no quieres llorar, ni quieres reír, no quieres siquiera caminar. Has decidido sentarte apesadumbrado al borde del camino. ¿Qué esperas encontrar allí, iluso de ti? No hallarás paz, ni las respuestas que buscas; tampoco el indulto que te salve del dolor que crees que te aqueja. Si permaneces allí, solo te queda esperar a que la oscuridad de la noche te hiele el alma, tanto, que la voz se te quiebre al querer gritar y tus palabras se conviertan en un nudo en la garganta. Hace tiempo que has muerto, que tu hedor inunda el aire que rodeas y el de cada una de tus intenciones, que se resquebrajan apenas tocan el vestíbulo de la realidad, allí donde tu sueños se perdieron tantas veces que jamás los volviste a recordar. Siento ser tan duro contigo, pequeño nómada, pero es la verdad la que debes saber, no lo que las hienas te susurran con malicia, esperando que la inanición acabe contigo y con su inanición. Todos en el bosque te dan por perdido, nadie cree ya en ti. La negra figura encapuchada de cierto espectro ronda la orilla del río, esperando tomarte allí para sí. Está claro, todos esperan, de una u otra forma. Y en el arte de esperar está la esencia de la vida, donde se pierden los segundos más valiosos por la inocencia de una ilusión en sueños vivida. Corre, pequeño nómada, intenta salvar aunque sea tus huesos, que no se los quede la Tierra sino el Cielo; que el retumbar de tu corazón perdure más allá del fin del parpadeo de tus ojos, del respirar de tu alma. Apresúrate a marcar en los árboles por los que pasaste, que estuviste allí, y que ellos te conocieron, si no en carne, al menos en hueso. Este es tu fin, pequeño nómada. Hacer de ello la mejor o peor experiencia, conseguir que tu camino no haya sido en vano, está en tus manos... o en lo que queda de ellas.
jueves, 11 de agosto de 2011
Se busca río perdido
Todo sigue igual, más igual que nunca. La inercia es la fuerza que empuja a seguir a aquello que hace tiempo murió, como un río que se secó montaña arriba y cuyos peces se resisten a aceptar que nunca llegarán al mar, mientras tozudos continuan aleteando entre ramas secas y granos de tierra, alargando su agónica agonía, posponiendo la realidad. Y a pesar de todo, de vez en cuando cae una gota de agua, incluso dos, y todos saltan de alegría y sueñan que todo mejorará sin hacer nada, y hacen de la seca soledad, de la agria amargura, un helado de sal con una pizca de azúcar. Y cuando la gota, o gotas, se secan, dejando como recuerdo el vapor y la humedad en el ambiente, la felicidad se esfuma, la impotencia regresa, pero ellos siguen nadando entre la tierra esperando que las aguas vuelvan a su cauce y les lleve al mar. Y la pizca de azúcar desaparece, e incluso el helado de sal se derrite. Sólo permanece un cucurucho vacío lleno de esperanzas que se desvanecen cada vez que sale la Luna. La Madre Naturaleza ya no sabe qué hacer, cómo decirles que ya nada será igual, que no alarguen aquello que hace tiempo debió terminar.
Se busca río perdido. Se buscan ganas de vivir.
La Madre Naturaleza busca unos peces menos tontos e ilusos que sepan a dónde tienen que ir.
Se busca río perdido. Se buscan ganas de vivir.
La Madre Naturaleza busca unos peces menos tontos e ilusos que sepan a dónde tienen que ir.
lunes, 11 de julio de 2011
Mind the gap
Se miran, se pierden y se encuentran. Todo en un sólo instante. El traqueteo del tren es incesante, acompañado del zumbido eléctrico de una abeja atrapada que busca desesperada la luz del sol. El ambiente esta cargado, maloliente casi. Y aun asi, a pesar del extraño olor, de lo anodino del lugar, de lo común que es cruzar la mirada con alguien más en diez metros cuadrados de puro metal, a pesar de los pesares, ahi están. Él no habria podido apartar la mirada ni aunque quisiera. Las personas a su lado, sus problemas, los de todos, la vida, el universo... todo, absolutamente todo desaparece en su iris azul. No hay palabras, no hacen falta. Y, sin embargo, ya saben el uno del otro más que de ellos mismos. Ella quiere un paseo bajo la luna mientras los grillos cantan intentando volver atraer al sol a lo más alto del cielo. Él, un helado, una película y algo de amor, sentir cómo se hincha el corazón cada vez que siente su aliento, la risa tonta de su estómago al escuchar su nombre en su boca. Han pasado dos segundos, dos suspiros tan largos que a la vida le sale el aire por las orejas. De repente, se escucha la inerte voz metálica de un alma en pena que recorre las entrañas de Londres buscando a una abeja perdida en su propio panal. De repente, ella ya no es ella, él ya no está, y todo lo que había caído en la inmensidad de su iris azul regresa bruscamente a la realidad. Al salir, mind the gap.
martes, 21 de junio de 2011
Pinceles
Si dejara que sus manos camparan a sus anchas quizás dibujara un cuadro tan horrible que no habría lienzo que quisiera albergarlo, ni pared donde colgarlo. Sólo tendría cabida en ese lugar donde pasan las horas y los minutos, donde todo el mundo sabe, desde el calcetín perdido hasta la mota de polvo de dejabo de la cama, que huele a podrido. La muerte ya anunció su llegada y el filo cortante de su guadaña se siente en el aire que inflama la garganta y hiela el alma, si es que aun existe. Al abismo del frío suelo, del fondo de tan horrible lugar, se encuentra abocado su espíritu, que tantas veces se ha levantado y caido que ya no sabe si está en pie o vuelve a retozar con la desgracia. El sol lo inunda todo pero no hay luz ni esperanza, solo los gritos de un algo que se cae, se derrumba sin remedio, dejando un amargo sabor a ron sin el consuelo de haber empezado con un dulce caramelo. Finalmente dibujó su cuadro y perdió la cordura, que se fue con cada violento brochazo, mientras el lienzo gritaba horrorizado ante el macabro espectáculo. Lo que mal empezó mal acabó, así como lo que nunca debió empezar. Quién le regala pinceles a un loco que sangra su alma con acuarelas de colores, que malgasta su tiempo esperando aterrorizado el gélido contacto de la guadaña. Quién alberga la esperanza de respirar cuando ya no puede siquiera mirar atrás sin romper la sutura de las heridas que aún escuecen al limpiar.
viernes, 10 de junio de 2011
Por ti y por mi, por todos mis compañeros
Estoy intentando entenderte, pero, ¡qué dificil eres! Dime una sola razón por la que no deba abandonarte ahora mismo, por la que no deba alzar la vista al frente y darte la espalda para siempre. Eres tan escurridiza, tan tú, que me desconciertas a cada paso que das. La terquedad brilla en cada uno de tus cabellos, la picaresca se deja entrever en tus ojos. Y aún así, aquí me tienes, esperándote a la par que tú caminas con aire socarrón por los límites de mi paciencia, siempre en la linea, haciendo malabarismos con la tragedia. Ya no confio en ti, y sin embargo admiro cada uno de tus movimientos, desmontándolos en piezas para recrearlos en mi mente y saber qué harás después, aunque no sirva de nada porque nunca haces lo que espero; aún bebo de tus palabras y tus ideas, y sigo con la vista allá donde señala de forma acuciante tu dedo, momento en el que tú aprovechas para, entre risas, quitarme una cucharada de mi helado. Cómo te detesto, cómo me atas a ti de forma incorruptible, ¿cómo te sigo queriendo después de todo? En algún momento acabarás conmigo y te diré adiós con tristes lágrimas de enfado en los ojos. Mientras, seguirás jugando al escondite conmigo. Por ti y por mi, por todos mis compañeros. Por nadie más. Te pillé.
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