De cara al horizonte

viernes, 28 de octubre de 2011

El árbol de la vida

Se sentó bajo la copa del árbol y lloró. Aún recordaba cuando, de pequeña, había plantado una semilla que su padre le había regalado. Día tras día, noche tras noche, ambos crecieron a la par, uno más rápido que el otro. Ella conoció su primer amor cuando la primavera vio crecer las primeras hojas de su hermano vegetal. Y ella se sentó al lado de su árbol cuando conoció el primer desamor, cuando el otoño llegó y tiño las hojas de melancólico marrón. Más tarde, ella vió nacer a sus hijos entre lágrimas de alegría, mientras el árbol acogía entre sus ramas el maravilloso momento en el que una paloma contemplaba, espectante y temerosa, el momento en el que la vida eclosionaba de un pequeño punto blanco en la inmensidad del universo. Y el tiempo pasó y pobló sus semblantes de arrugas, aunque ella las ocultaba con cremas y el con musgo, los años no perdonan, y en sus ramas se esconde las visicitudes de una vida, en las cicatrices de ella, los errores y los tropiezos, en el corazón de ambos, la esencia de la existencia, la grandiosiad de la vida. Mientras ella lloraba, el árbol derramaba lágrima de elaborada savia. Uno al lado del otro, solos los dos, con todo un camino por detrás, con la sensación de que lo que aún queda por delante poco va a durar. Y así, entre lágrimas saladas, entre sabias lágrimas de savia, un corazón se apagaba mientras otro lo cubría con el melancólico marrón del otoño. En invierno, una fina capa de dolor helado congeló el tiempo. Y en primavera, el dolor se derritió dejando paso a la vida, el pasado quedó en el pasado, y el futuro empezó a corretear en el presente.

domingo, 23 de octubre de 2011

Grandes cosas, pequeños comienzos

Hay grandes cosas que empezaron siendo pequeñas. Por ejemplo, Apple empezó en un garaje. Hoy, no hay garaje en el que no haya un Apple. Amancio Ortega comenzó haciendo batas para bebés. Hoy, todos y cada uno de esos ex-bebés han entrado al menos una vez en una de sus tiendas.
Hay grandes cosas que empiezan siendo pequeñas. La vida, por ejemplo, en su inicio no es más que un par de células y acaba siendo una huella imborrable en otras vidas, que en su momento fueron también otro par de células.
Hay grandes amistades que surgen en pequeños momentos como, por ejemplo, conocer al amigo de una amiga enfrente de un ascensor. Amistades que, a pesar del tiempo y del espacio, permanecen inalterables en su esencia. Porque compartir entre tres una habitación para dos lo hace todo más entretenido. Y compartir entre dos una habitación para uno lo hace todo más profundo.
Lo dicho, hay grandes cosas que comienzan siendo pequeñas. Igual que hace veinte años un gallego no pasaría de los tres kilos y sería igual de enano que dos palmos. Ahora es más alto que yo e incluso me gana corriendo, ni qué decir nadando. Y seguramente acabará, como ya dije una vez, en un increíble piso con vistas a la Gran Manzana siendo uno de los mejores publicistas, porque imaginación y ganas le sobran. Pero hay algo en lo que es muy grande y empezó siendo pequeño. Es un gran amigo, uno de esos que no se olvidan. Las cosas podrán cambiar, ser distintas, a mejor o a peor, pero si yo le hablo de pelotas azules, él me responderá hablando de pelotas rojas y los dos sabremos de qué hablamos.
Felicidades, peloto azul.
Recuerdos desde el páramo desértico.
PD: Me tiraste tú el vaso y lo sabes.
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martes, 18 de octubre de 2011

El mundo es para los valientes

Pasión. La vida no es nada sin pasión, sin algo por lo que luchar al levantarse, sin un objetivo por el que sonreir cuando llueve, por el que llorar de alegría cuando el dolor nos embarga y nos conmueve. Hay quienes se levantan y se acuestan, y en medio sólo han hecho lo mismo que hicieron el día anterior. Pero hay otros queal abrir los ojos deciden que no les gusta lo que ven, que quieren más, que quieren volar más alto, bucear más hondo, correr más rápido... Muchos los admiran, otros temen su valentía. Pero todos los ven, todos escuchan sus corazones latir más fuerte, porque sus corazones alimentan deseos imposibles, sentimientos poderosos, grandes actitudes, realidades fantasiosas que sólo un puñado de elegidos son capaces de imaginar.
Son ellos los que nos hacen reir, quienes nos hacen vibrar, los que, muchas veces se juegan la vida por ellos, por nosotros, por todos, por dejar una huella allá por donde van, porque su paso por el tiempo no sea una marca en la arena que la marea pueda borrar, sino un texto en piedra que jamás desaparecerá.
Sus vidas alimentan las del resto, hacen los sueños algo más humanos, algo más cercanos. Hacen que cada latido, por insulso que sea, cada suspiro, contenga la emoción de lo imposible, de lo inimaginable, de lo atrevido.
Porque la vida no está para verla pasar, porque es mejor saborear el más pequeño de los mejores dulces que la mayor barra de pan. Porque, para algunos, dedicar su vida a una pasión es más satisfactorio que ir de flor en flor sin recordar. De ellos es el mundo y su recuerdo nunca perecerá.
Aún retumban los motores encendidos, sólo uno se apagó. Pero el recuerdo permanecerá en el tiempo y la pasión jamás morirá. El mundo es para los valientes.
Descanse en paz.
En memoria de Dan Wheldon.

domingo, 9 de octubre de 2011

Una melodía diabólica

Sigues un camino. No sabes cuál es, mas lo sigues sin cuestionártelo. A pesar de los baches, a pesar de las adversidades, de las alegrías, de aquellas que debieron serlo pero no lo fueron. Sigues encontrando a cada paso la razón de tu indiferencia, aquella que te impulsa a dar otro paso, y así indefinidamente hasta que tu caminar se convierte en un fin en si mismo, en una sinrazón, en un motivo desmotivado que busca bajo las piedras un corazón latiendo. Hace ya tiempo que tu alma te dejó tirado en alguna de las curvas de tu infructuoso sendero, y allí sigue llorando desconsolada. Caminas sin motivo y desalmado, lo único humano que en tí queda es el corazón, que suena hueco y sin sentimiento, casi artificial. Tu vida bien podría parecer una melodía al piano, en la que una nota suena tozuda y repetitiva, taladrando la partitura, marcando un ritmo y un compás que el pianista no se atreve a cambiar. El piano ya no es de quien lo toca, la música se ha adueñado de sus manos y él ya no decide dónde van sus dedos, que revolotean ágil y forzadamente sobre la sonriente boca del monstruo de madera. Algún día amanecerá antes de que la noche se haya ido, el tiempo te pillará con el pie cambiado y te darás cuenta de lo lejos que queda ya todo aquello por lo que empezaste a caminar. Escucharás en tus endebles oídos el lamento de tu alma que, kilómetros atrás, suspira roncamente deseando que llegue la doble barra y, con ello, el final de una partitura que ya no es melodiosa, sino ruidosa y aparentemente vulgar.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La mierda de debajo de la alfombra

Bien y mal, mal y bien. Va por la vida intentando siempre saber si actúa como debiera o si está metiendo la pata tan hondo que pueda llegar a manchar su jersey nuevo. Está loco, desquiciado de tanto pensar lo que hace y dice, lo que dijo e hizo, lo que hará y dirá. Lo último que él quiere es causar daño a nadie y, sin embargo, a veces lo hace. Entonces cae abatido ante la impotencia de querer saber por qué y no encontrar sino más preguntas sin respuesta. Y cuando aún no ha acabado con una, ya está la siguiente rondando su cabeza, buscando un buen sitio donde posarse y sembrar la duda y la incoherencia. Al final, acaba por desistir, por ocultar toda la mierda bajo la alfombra y esperar que al despertar, los bultos desaparezcan sin más.
Al abrir los ojos, todo sigue igual. Y en su búsqueda del bien y el mal se topa con la escurridiza verdad. Remueve la casa, lo pone todo patas arriba, mas la verdad no se busca ni se tiene, la verdad a veces ni siquiera existe. Pero él no atiende a razones ni a sinrazones, él sigue pensando cada paso que da con la intención de no pisar demasiado fuerte, no sea que rompa la baldosa o esta se pueda quejar.
La gente le mira extraño cuando lo ve dudar bajando los escalones, cuando nota en su mirada el debate interno de su mente ante las más simples preguntas. Y entre tanta verdad, entre tanto bien y mal, nunca se dará cuenta de que las cosas no son, las cosas fueron o están siendo. En una película, puedes pensar si lo que ya has visto estuvo bien o mal, pero quizás por culpa de ello te pierdas la mejor escena, y quizás nunca te des cuenta del grandioso final porque quieres adivinarlo antes de que llegue a empezar.
Pobre Pablo, ni siquiera se da cuenta de que está viendo una película. Está más preocupado en no infligir demasiado daño al sofá.

martes, 13 de septiembre de 2011

El secreto de las sábanas

Las noches son para dormir, no para estar despierto. Y por eso se enoja a la Luna, que se enfada al ver que todos se van cuando ella llega. Pero, noche tras noche, siempre hay alguien que la acompaña. Un grupo de adolescentes que busca diversión en el fondo de botellas de alcohol barato; un solitario treintañero que pretende hallar en ellas el amor que no encuentra, que quizás encontraría si apartara la vista del posavasos y clavara la mirada en la camarera que todas las tardes repasa mentalmente las palabras con las que engatusarle y que se hielan al verle entrar, que se derriten en las copas que le sirve. Noche tras noche, la Luna disfruta de la presencia de cientos y cientos de personas, que en la oscuridad buscan tapar los recuerdos que durante el día no consiguen olvidar. Cientos y miles de caras, de ojeras moradas que al día siguiente originan sospechas y rumores allá por donde van. Tantas y tantas almas insomnes que no encuentran consuelo entre las sábanas de su cama, a quienes el canto de las sirenas no adormece, sino que atormenta. Pensamientos que fluyen, pesadillas que esperan agazapadas bajo la almohada, esperando que aquellos incautos que ceden ante el peso de los párpados apoyen sus cabezas y abran el corazón a sus más horribles temores. Preguntas sin respuesta, respuestas que buscan preguntas a las que responder. La noche es un territorio extraño en el que uno puede encontrarse lo mejor, disfrutar de los más dulces momentos, de fantasías oníricas sin límites ni explicación, de sufrimiento sin razón. La noche es el momento para aquellos que dudan, los que aman, los que piensan demasiado, aquellos que sufren, que disfrutan, quienes creen que el día es demasiado corto y sus ocupaciones demasiado apremiante. Es el momento para que todos ellos busquen aquello que anhelan, es el instante en el que se dan cuenta de que deberían estar durmiendo, dejando que sus deseos más censurables salgan de la cárcel que la inteligencia les ha impuesto para resolver los desaguisados que la razón ha causado. Y eso lo sabe la Luna, pero no se lo dice a nadie, ni siquiera a las estrellas. No quiere que descubran el secreto de las sábanas y todos se echen a dormir, dejándola a ella sola en medio de tantos planetas que la miran con recelo por ser tan pequeña y bella.

sábado, 10 de septiembre de 2011

La caja de Leyre

Últimamente ya no sabe cuándo tiene que reir o llorar, cuándo soltar una carcajada tan sonora que rompa el espacio que la rodea, cuándo encoger su habitación hasta convertirla en una caja pequeña que aprisiona su corazón y ahoga sus pulmones. Ha perdido su manual de instrucciones y ya no recuerda cómo tenía que hacer para reiniciarse, para dejár atrás esa locura transitoria que lleva ya demasiado tiempo transitando por su cabeza. El cielo, mientras, sigue a sus asuntos. Y a pesar de ser verano, alterna días de inmenso calor y grandes nubes negras con otros en los que el Sol cubre todo el horizonte, desconcertado ante la idea de sonreir con más ganas que nunca y sentir que todos a su alrededor tiritan de frío, quizás de miedo algunos; otros, por un exceso de café. Y así sigue ella, la pobre Leyre, intentando hacer coincidir sístole y diástole a su debido tiempo. Por las noches se tumba en la cama y se pone a llorar, porque no hay nana que pueda dormirla, que haga que sus ojos se cubran de una fina capa de sueños sin que antes den mil y una vueltas atolondrados por el zumbido incesante de su cabeza. Y, es entonces, cuando no sabe si encoger su habitación hasta convertirla en una caja pequeña que aprisona su corazón, si meterse debajo de las sábanas e ignorar el brillo de las estrellas; o si debe saltar en la cama hasta oir los muelles gritar de diversión, abriendo puertas y ventanas, extendiendo los límites de su alma más allá de lo que el Cielo y la Tierra pueden abarcar, restregándose las lágrimas por su cara a modo de bálsamo hidratante, de brillo de ojos. Con tanta actividad, acaba por rendirse extenuada a los encantos de Morfeo, sin saber aún si al despertar, el Sol llenará de calor la Tierra, si al abrir los ojos debe dejarse llevar llevando o resistirse pataleando en su pequeña caja de cristal.