De cara al horizonte

jueves, 11 de abril de 2013

Sin calma, indeseada


No hay luz, no hay frío.
Sólo ánimo desvaído.
No queda llanto, ni dolor,
Todo ya cicatrizó.

Las nubes se echan encima
De gris inundan mi paleta,
De negro se tiñen mis pinceles,
Llenos de esperanza muerta.

Palabras tristes por naturaleza,
Lágrimas rotas por definición,
El alma, hinchada de fortaleza
De angustia inherente, el corazón.

No hablo, el calor se desmorona,
No respiro, la luz me abandona.
El yang sucumbe al yin,
El yin sucumbirá al yang.

Las heridas se fueron,
Se perdió el dolor,
Sonrío y desespero,
Porque no tengo razón.

No obstante, a pesar de todo,
Sin hogar, con destino,
Sin caricias, con atino,
Sin ti, sin mí, contigo y con todos:

Ahí está, imperceptible,
Contundente,
La huella de mi paso vehemente.

No hay ruta sin principio,
No hay rumbo sin final,
Aunque esté escondido
En el gris de una tímida tormenta
Que no sabe si viene o si va.

domingo, 17 de febrero de 2013

De regalo: incoherencia

Hoy no quiero escribir,
ya no hay palabras
no hay nada que decir.

Tengo el alma llena
de pequeñas heridas
tontas.

Tengo la cabeza
repleta de incoherencias
como la rima de este verso.

Pues no es verso
sino prosa deforme.

Pues no es tristeza,
sino desconcierto.

No es nada,
o lo es todo,
porque en este mundo,
lo que no es, acaba siendo,
lo que todo ocupa, termina desapareciendo.

Porque así es la vida,
vasos llenos y vacíos,
pero nunca podremos
llenarlo del todo sin vaciarlo.

Y esa es la lección
que el corazón nunca aprende,
pues para el es evidente
que si de sangre llena su alma,
su vida ha de estarlo de calma.

Busco despejar la fórmula
y dejar sola la incógnita,
y sin querer me quedo
matemáticamente sólo.

Y sin querer, o tal vez,
queriendo,
me pierdo y os regalo
un poco de mi incoherencia.

Pero no es vuestro día,
y no esperáis regalo,
por eso no me extrañaría
que no me deis la mano.

Hoy me gustaría
decir que no tengo razón
y poder pedirte perdón.

Hoy me encantaría
que no hubiera suturas,
y todo fuera cordura.

Pero si fuera así,
tal cual,
hoy no sería hoy,
ni sería mañana.

Hoy sólo sería un capítulo
de un cuento que jamás
llevará el título de la vida.



domingo, 27 de enero de 2013

El arrepentimiento de Nomadi: el principio de la búsqueda de Enzo

Nomadi miró a la luna, que estaba borrosa. No por el cielo, sino por las lágrimas que cubrían su rostro e inundaban sus ojos. Una y otra vez por su mente pasaba la imagen de Enzo, frente a frente a una temible pantera, negra como el carbón, como la más pura ausencia de luz. Y tantas veces lo recordaba, voluntaria o involuntariamente, tantas se repetía a sí mismo que nunca debió abandonarlo a su suerte, aunque quizás su suerte fuera ser abandonado y puede que entonces el abandono dejara de existir. Porque en la vida hay cosas que existen o no dependiendo de quien quiera que existan o no. Así, a veces el miedo inunda el cuerpo hinchando las venas como si la sangre pareciera que fuera a estallar, mientras que otros impasibles piensan en cómo pueden el problema solucionar. En este largo camino que es la vida, nada hay ningún sendero escrito a fuego sobre la inerte vitalidad de la tierra, aunque a veces nuestras actitudes sean los más grandes obstáculos que nos podamos imaginar. En este impredecible camino, todo parece ser nada, y nada parece ser todo, pues las cosas cambian a placer en una intrincada melodía de la que uno no sabe cuándo lleva la batuta y cuándo es mero esclavo del ritmo que la música parece llevar, aunque sea el del palpitar de nuestro corazón.

Sentado en el suelo al borde del río, miró el reflejo de la luna en el río, pues esta se escondía entre las nubes cada vez que alzaba la vista al cielo. Cada reflejo de su pálida luz iluminaba un recóndito lugar del lecho del río: rocas, peces en busca de un lugar en el que descansar aleteando más lento, pues nunca un pez deja de nadar salvo cuando la selva y sus naturales leyes así lo sentencian; y en la superficie se encontró a sí mismo, el reflejo de su alma. Cuántos días más debería esperar sin poder hacer nada a que las cosas se solucionasen. Cuántas veces puede la vida cambiar sin que un nómada pueda hacer nada. Cuántos pasos a través de la frondosa selva podría dar, bajo la atenta vigilancia de fuertes y robustos, a la par que longevos árboles, recelosos guardianes de la intimidad de la vida allá en la tierra, a la que protegían de la indiscreción de los rayos del sol. Cuántos latidos más podría su corazón aguantar antes de hincharse a llorar y a gritar hasta que la garganta y las manos sangraran el dolor de la impotencia de un espíritu lleno de heridas lacerantes que el destino le inflige con sus afiladas garras para obligarlo a avanzar, aunque el obligado se obligue a sí mismo sin saberlo.

Pobre Nomadi, pensaba la hiena, aunque en su naturaleza estuviera el reírse de la desgracia ajena. Pobre y menudo nómada, decía la letal serpiente. Pobre Nomadi, pensaba Nomadi. La rabia y la desesperación habían impregnado cada una de las huellas que en su camino había dejado atrás, y ahora comenzaban a pesar en las piernas del nómada del mundo. El viento elevó el susurro de su lamento y lo llevó hasta el último rincón y gélido rincón de la selva, y todo ser vivo supo que el pequeño habitante erguido sufría la incoherencia de su comportamiento que el caos de la vida había sembrado en su nervio. Entonces pasó una de las cosas que pasaban siempre cuando Nomadi no podía más: o bien la furia rompía los tensos corsés que la incertidumbre había atado a su alrededor... o bien, buscando fuerzas cuando ya no parecía tenerlas, de un lugar que ni el propio Nomadi sabía, se levantaba y cargaba a sus espaldas con la rabia y la desesperación, envolviéndolas en el miedo que le paralizaba. Y así, se levantó y se arrancó con la más determinada indiferencia la incertidumbre que al suelo lo ataba, y en su pequeña mochila guardó la rabia. Y así, dejó plantada a la luna que, aunque tímida, a través de las nubes observaba. Así, Nomadi volvió a hacer lo que siempre hace un nómada del mundo: caminar, vivir, hacer lo que la vida o él mismo consideran necesario, aunque sus actos estén impregnados de la más absoluta desgana y falta de fe, o llenos de la más férrea voluntad. Porque hay veces que no importa nada el destino, sino posar los pies sobre un camino: el que dejan los pies a través de sus huellas.
La luna tímida a través de las nubes

lunes, 31 de diciembre de 2012

En un momento y un lugar indeterminados: Nomadi y Enzo, un año más.

Y de repente, allí estaba de nuevo. La oscuridad volvía a cernirse sobre el cielo como un manto infinito, lleno de pequeñas pelusas que algunos en la selva decían que eran las estrellas, el alma de miles y miles de nómadas que tras siglos y siglos de caminar por el mundo, su cuerpo les abandonaba, pero su espíritu, incansable, seguía dando vueltas, regalando un poco de ellos a cambio de nada. Y allí estaba Nomadi, sentado en el camino, con Enzo a su lado. Mucho tiempo había pasado desde que habían empezado a caminar juntos, desde que el feroz lobo le enseñara sus fauces al pequeño nómada en medio del bosque, desde que, inexplicablemente, unieran sus destinos para vagar por el mundo juntos; desde aquella vez que un  jaguar les atacara y... bueno, tantas y tantas otras cosas.

Momentos en los que rieron tanto que el universo entero vibró con sus carcajadas, en los que la alegría inundaba tanto que ahogaba y se formaba un nudo en la garganta que incluso llegaba a doler, pero no importaba, porque era alegría. Momentos en los que la tristeza era tan densa y oscura que la propia noche parecía el día... Instantes en los que no supieron que hacer, porque hay veces que la vida nos pregunta tantas cosas que nos deja sin respuestas, veces en las que la verdad es tan profunda que alcanza la propia raíz de nuestra existencia. Segundos en los que el corazón dejó de latir, expectante, esperando que Nomadi hiciera algo, porque hay veces en los que la razón no tiene respuestas y la sangre que por nuestras venas fluye late y se siente con fuerza, apuntando a la dirección correcta.

Nomadi y Enzo se habían encontrado con grandes obstáculos, y hubo momentos en los que pensaron incluso en no seguir y abandonar, momentos en los que, tiempo después, creyeron tomar decisiones incorrectas. Pero ya todo daba igual. Porque el pasado, pasado está, y sea como sea, les había llevado a donde estaban: sentados al borde de una roca inmensa a la orilla del río. Nomadi y Enzo se miraron y comprendieron que habían aprendido una valiosa lección:

Por mucho que a veces todo parezca imposible, por muy inexplicablemente incomprensible que sean los retos que la vida nos pone, llorar y reír, amar y seguir adelante es lo único que cuenta. La vida es un largo camino, un camino distinto para todos y cada uno, pero en el que todos buscamos lo mismo: la felicidad. Y siempre llega el día en el que miramos con recelo al de al lado, en el que miramos con angustia el nuestro... pero al fin y al cabo es un maravilloso camino lleno de grandes experiencias para sentir, para disfrutar, para vivir... Camina hasta que te canses, y cuando no sepas qué hacer, tienes dos opciones: siéntate a llorar o a reír hasta que no puedas más y entonces con fuerza te levantarás, o haz lo primero que se te ocurra y sigue los pasos que en el camino marques. Camina, llora, ríe, vive. Y todo lo demás, da igual. Ser feliz es una decisión, es tu decisión. Sé feliz.
Y así, Nomadi y Enzo volvieron a caminar una vez que el gran león de la selva rugió doce veces.
Feliz año.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Enzo y la pantera; Nomadi y su prueba.

Cansado, muy cansado, exhausto. Y después de mucho caminar y correr, de avanzar sin un destino, con el único objetivo que el propio avanzar, tuvo que sentarse. Así recorría Nomadi el mundo, volando raso cuando el ímpetu llenaba su pecho, suspirando alto cuando la verde densidad de la selva se hacía demasiado espesa. Respira hondo Nomadi, lo mira compasivo y temeroso el lobo. “No te preocupes Enzo, nada es para siempre”, le dijo.
Llegó la noche y la oscuridad se abalanzó sobre la selva como una pantera sobre su presa, sigilosa pero implacable. Aquellos que tenían que dormir, durmieron; los que tenían que despertar, abrieron los ojos a la luz, a la ausencia de luz; y aquellos que  nunca duermen ni despiertan, aquellos que son eternos, permanecieron en su eternidad. El cielo se cubrió de miles y miles de puntos blancos, las marcas que el tiempo dejó en el universo, aunque esto sólo es una suposición… ni Enzo ni Nomadi podían ver nada. El cielo era inaccesible a su vista, lo mismo que la luz al fértil suelo de la selva: entre ambos, una tupida frontera de hojas y copas de árboles se extendía más allá de lo imaginable. Todos y cada uno de ellos se enzarzaban en una lucha por la supervivencia, una lucha eterna, pacífica y cruel, lenta e implacable. Porque en la vida no todo es negro o blanco, siempre hay alguna mancha de gris, cuyo significado siempre depende de cuánto negro o blanco la rodee. Y Nomadi comenzó a cerrar los ojos pensando en que ya no quería pensar más, que durante ese día estaba de más seguir preguntándose por qué buscaba su hogar en el mundo, que es su propio hogar, que es el hogar de los nómadas como él. Y así, Nomadi exhaló su último suspiro del día que ya no era día, y Enzo, a su lado, lo acompañó, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, porque como lobo no puede hablar, porque como lobo nada es igual y todo parece distinto a sus lupinos ojos.
Todo parecía en calma y todo parecía silencioso, con el silencio propio de una selva que duerme y despierta al mismo tiempo. Pero, de repente, un profundo rugido rasgó la noche con violenta fiereza. Y, después, un lastimero aullido lo acompañó. Nomadi, acurrucado entre unos arbustos, despertó y vio al otro lado a su gran amigo hocico con hocico frente a una imponente pantera negra. Todo fue muy rápido, pero tan tenso, que Nomadi no perdió ni un solo detalle. La pantera, escuálida y probablemente hambrienta pero, aun así, fuerte y musculosa, estaba de espaldas a él y enseñaba los dientes de forma amenazante a Enzo quien, disimuladamente, atravesaba con la vista a Nomadi. Y, a pesar de que nunca habían hablado como tal, pues un lobo no puede hablar, lo entendió: Enzo quería que se fuera. Nomadi le suplicaba que no con la mirada, pero Enzo era implacable. Un lobo, por muy amigo de un nómada que fuera, no dejaba de ser un lobo, una criatura salvaje, un feroz animal del bosque que necesitaba reivindicar su lugar en la selva. Nomadi no quiso pero se fue. Nomadi no lo entendía pero marchó. Y es que a veces en esta vida es difícil dejar sólo a alguien, a veces es complicado permitir que otros se enfrenten con su destino cara a cara. Y para Nomadi, era casi imposible. Hay momentos en el largo camino que es la vida en el que los rumbos de ciertas personas se separan… a veces por necesidad de uno, otras por necesidad de otro, a veces por los dos. A veces hiriendo sólo a uno o a otro, otras a los dos o a ninguno. La vida es impredecible, igual que Nomadi… Y así, el pequeño nómada se encontró de nuevo con otro reto en su camino. Porque a veces las pruebas más difíciles de la vida son las que nosotros mismos nos ponemos. Suerte Nomadi.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Filosofía de una carrera: la carrera de la vida

Hay momentos en los que uno piensa en dejarlo todo, en entrar en boxes y bajarse para no volverse a subir. Hay instantes en los que uno siente que ya no hay ni el más mínimo agarre entre el asfalto y la goma, en los que por más que uno pegue hachazos al volante, ve cómo en cada curva está al borde del abismo, rozando la puzolana. Vueltas que se hacen eternas, y cada frenada se clava en el alma dolorida que dice 'basta', incapaz de soportar ni una sola vez más volar a 300 para detenerse a 90 en apenas 100 metros. Y a cada centímetro de asfalto que recorre, la fuerza para pisar el acelerador a fondo se diluye. Pero nunca, nunca hay que renunciar.
Uno siempre ha de agarrarse al volante como si estuviera agarrando su propio alma, con toda la fuerza que sus manos sean capaces, con firmeza y seguridad, aunque no se sienta. Porque en esta vida muy pocas veces se siente realmente lo que se tiene que sentir, pero hay curvas en el circuito que son imposibles de hacer si no se hacen con decisión, con seguridad, aunque no se sienta ninguna de las dos. Nunca se debe pensar, ni en lo más remoto, en entrar en boxes. Abandonar es lo fácil, dejarse la piel en la pista cuando ya está llena de ampollas y heridas es un reto que solo los grandes campeones están dispuestos a asumir, un reto complicado que está al alcance únicamente de aquellos que tienen destrezas inimaginables al volante.
¿Nunca debe entrarse en boxes? Sí, pero nunca para abandonar, sólo para poner nuevos neumáticos y poder seguir adelante y a por todas. Y no se puede estar parando cada dos por tres porque entonces no hay carrera. Descansar, estar triste, darlo todo por perdido... es aceptable siempre que sea algo puntual y no se convierta en la norma. La esperanza, la alegría, el espíritu de lucha deben inundar nuestro corazón.
Y siempre, siempre hay que pisar el acelerador a fondo, aunque cuando lo hagamos nos duela desde el primero hasta el último nervio de la pierna, aunque griten de sufrimiento todas y cada una de las células de nuestro cuerpo. Si hay oportunidad, hay que aprovecharla por pequeña que sea y nunca dudar. Y aun así, como dijera Collin McRae, "If in doubt, flat out".
¿Todo esto para qué? Porque una carrera es muy larga, no se reduce todo a una curva o a unas vueltas, son muchas y muchas vueltas a un circuito que a veces nos es más fácil y otras imposible. Porque en toda carrera hay momentos en los que se sufre, pero si uno se mantiene y lucha, podrá estar para ver los buenos. Y aunque los haya que salgan desde la pole y jamás tengan la más mínima complicación, esos serán los que nunca saborearán el sabor de una victoria conseguida gracias a la dedicación entera del espíritu y cuerpo. Y porque hay que recordar que, aunque no siempre podemos elegir toda la gente que está en nuestro equipo, siempre, siempre hay alguien en él que a través de la radio nos dice: "Keep pushing".

Dedicado a una grandísima persona que vale más que cualquier monoplaza de Fórmula 1 y que algún día cruzará la bandera a cuadros siendo el primero de todos.

Felicidades Juanjo.




viernes, 2 de noviembre de 2012

Cuando Enzo perdonó a Nomadi

De repente, Nomadi no pudo hablar. Había corrido tanto y tan lejos, tan rápido y tan desesperadamente, que no había visto ni siquiera hacia dónde iba. Había dejado que su espíritu se embargara del pánico de una duda estúpida con una pregunta evidente que no quería ver... Pero es que cuando la duda inunda los más profundos recovecos del corazón no hay razón que pueda mediar ante la intensidad de una voluntad que sólo verá su final cuando la irracional lógica del universo pasa de ser un bache en el suelo a un muro en el camino.
De repente, Nomadi se encontró con un gigantesco muro: el de la verdad. Y la verdad era que había corrido durante horas buscando su hogar y, cuando se cansó de mirar sin mirar, echó un vistazo a su alrededor y descubrió que ya no sabía dónde estaba. Eso no era el bosque, ese no era su bosque. Los altos árboles pero separados, las pequeñas charcas y los diseminados arbustos habían dado paso a grandes ramas entrelazadas, tan densas de hojas que apenas unos rayos de sol lograban llegar a tocar el suelo... un suelo tupido de arbustos de todas clases y tipos, de diversas alturas. Allá donde posaba la vista, el pequeño nómada sólo veía verde y más verde, en distintas tonalidades y con distintas formas... pero verde. Y durante unos instantes, la incertidumbre dio paso al pánico contenido, pues Nomadi siempre acostumbraba a encerrar sus sus frustraciones en la dura coraza de su alma: odio, tristeza, desesperación... todos iban acumulándose hasta que cierto día Nomadi no aguantaba más... y ese día, cuando su alma decía 'ya basta', esperaba paciente a encontrar una buena excusa para soltarlos todos. Por el contrario, alegría, felicidad, amor, esperanza... todos ellos salían impulsados desde lo más hondo de las entrañas del pequeño nómada con la fuerza de mil huracanes.
¿Dónde estaba? Escuchó tras de sí el aullido del lobo, lo que significaba que le había seguido. Y durante un instante, se sintió increíblemente culpable puesto que en todo ese tiempo ni siquiera se había preocupado de saber si el lobo estaba a su lado. Cierto era que no eran grandes amigos y que sabía que, en algún momento, sus diferencias los separarían. Pero de momento, ambos compartían la soledad de un viaje que ninguno recordaba dónde había empezado ni en qué lugar tocaría a su fin. Aunque era un nómada del mundo, nunca acostumbraba a olvidarse de aquellos que en algún momento de su larga travesía le habían apoyado.
En ese momento, el lobo llegó y se puso a su lado. En su mirada se reflejaba cierto enojo pero cuando Nomadi acarició su suave y cobrizo lomo el perdón se desprendió de cada uno de sus pelos.
- Gracias... y lo siento-, dijo el pequeño nómada.
El lobo aulló de la forma en que sólo le aullaba a la Luna.
- Sé que por mi culpa hemos dejado el bosque. Lo siento, Enzo... A veces, aunque estés a mi lado, me siento sólo y me dejo llevar... A veces me canso de mi propio destino y decido que quiero encontrar mi hogar-, dijo mientras el lobo lo miraba fijamente. Te prometería que no volverá a pasar... pero te estaría mintiendo.
Nomadi suspiró y se sentó en el suelo. Había dejado atrás el único sitio que conocía... Los búhos, las ardillas, los jabalíes... todos ellos, con buenas o malas intenciones, pero eran caras conocidas, una referencia en su mundo. La 'charca plateada', el árbol solitario, a los pies del cual muchos habían desaparecido bajo sus raíces atrapados enterrados por su propia duda. Antes no tenía un hogar... pero tenía las experiencias que aquellos lugares y animales le dejaban en su día a día, que eran siempre las mismas y nuevas al mismo tiempo. Ya no podía volver... porque un nómada pocas veces da un paso atrás. Lo hecho, hecho está. Con las mismas, el pánico huyó de su cuerpo al ver que la férrea decisión de seguir adelante había hecho acto de presencia. Pegando un brinco y poniéndose de pie tan deprisa que a punto estuvo de tirar al suelo sus flechas dijo:
- Vamos Enzo, hay un mundo que caminar.
Y así, Nomadi y Enzo volvieron a iniciar otro capítulo más de ese viaje sin retorno que es su vida. Y es que errores se cometen muchos y son inevitables, porque la vida es muy larga y hasta los aciertos necesitan descansar. Pero nunca se ha de dejar que el descanso se convierta en eterno... porque ese será el fin de cualquier alma, que estará abocada a la oscuridad de la indiferencia y la tristeza asumida.
Así, un nómada y un lobo siguieron su camino con paso firme y decidido, sin saber hacia dónde, pero sí por qué: para vivir. Recuerda Nomadi: pies en el suelo, cabeza al frente y mirada al cielo... aunque esté cubierto.