De cara al horizonte

viernes, 27 de mayo de 2016

Un chicle, un puzle, un sueño

Volvió a suceder. Una vez más, sus esperanzas se habían estirado hasta casi volverse invisibles, como un chicle rosa que se convierte en transparente cuando de forma inocente lo conviertes en un globo. Y, al igual que la pompa de chicle, sus esperanzas explotaron una vez más. Se quedó con esa sensación de estupidez que sientes cuando te llega el chicle hasta las cejas y torpemente intentas deshacerte de los restos sin sentirte más humillado. Pero, al igual que el chicle, las esperanzas son adictivas y, una vez recuperado todos los restos, en vez de tirarlo volvió a mascarlo, con la ilusión de volver a hacer una pompa más grande y rumiando la ingenua idea de que a la siguiente no explotaría. Y así, una vez más, cogió sus sueños rotos y los unió a duras penas. Cada vez que unía sus maltrechos trozos, su sueño se desconfiguraba un poco más, al igual que un puzle que, cuantas más veces haces, más piezas faltan. Pero a él le daba igual, le gustaba ese puzle, le encantaba mascar ese chicle porque, en definitiva, se había enganchado a sus esperanzas. Y ya no importaba que, día tras día, estas chocaran con la realidad y se hicieran añicos, y sus miles de pedazos cortantes rasgaran su alma por dentro. Qué más daba si al sonreír por dentro lloraba mientras pudiera aferrarse a la romántica idea de que algún día su sueño se iba a hacer realidad. Porque a veces, hay luces que nos guían por caminos llenos de obstáculos, caminos imposibles de los que al final tenemos que huir antes de que nos maten. Pero no hay nada como ver que en el horizonte hay una luz que ilumina un mundo distinto. Por eso, cada mañana, volvía a emprender ese sendero lleno de matorrales que arañaban sus piernas, de cuestas imposibles y rocas puntiagudas.

Pero, al igual que los chicles, llega el momento en el que no dan más de sí, en el que el sabor se convierte en amargo, en el que son imposibles de estirar sin que se rompan con solo intentarlo. Llega el momento en el que la imaginación no basta, en el que los sueños solo duelen y la esperanza es una losa en el fondo del alma, que se hace un nudo en el estómago y te impide dormir. Hubo un día en el que estiró el chicle una vez más, pero la pompa fue ridículamente enana, ínfima, y su estallido fue tan sonoro y doloroso, que supo que tenía que tirarlo. Porque hasta la luz puede llegar a cegar y sumirnos en una oscuridad incierta. Y ese día, su corazón lloró, pensando que jamás volvería a hincharse de emoción al pensar que un sueño podía hacerse realidad. Sus lágrimas anegaron una almohada gris, cansada de soportar el peso de una fantasía nocturna imposible de realizar. Sus llantos acariciaron las paredes por última vez y, de alguna forma se durmió. Pero, al igual que un chicle, las esperanzas jamás se pueden abandonar, y en lo más hondo del ser dejan un vacío lleno de su esencia imposible de reemplazar. Por eso, su chicle duerme en papel guardado en el fondo de un cajón. Por eso, un puzle sin piezas descansa bajo su cama. Y, todas las noches, justo antes de dormir, y aunque él no lo sepa, una lágrima se escapa de sus ojos, y vuelve a empapar la almohada de un sueño que su corazón ansía realizar.

martes, 24 de mayo de 2016

La solución encriptada

Se ahoga el corazón cuando no respira,
cuando no late nada en su interior,
se agota y desespera cuando la sangre
por dentro quema y por fuera está a punto de helar.

No te martirices, ingenuo,
tus lágrimas ya no vendrán,
porque no las liberaste
cuando tu alma te quiso gritar.

Porque el miedo te ata,
te envenena y te ciega,
dejando tu destino al azar
de un paso incierto en medio
de la oscuridad.

No hay normas, no hay caminos
para que puedas encontrar
la luz que en tus sueños
ahogas y que despierto ignoras.

No hay consuelo si no hay dolor
pero sí hay dolor si no hay consuelo,
y con ello, un horrible desvelo
que te sume en una noche sin final.

Grita, corre, huye, miente,
que la verdad te quiere matar,
con el afilado cuchillo que la retiene
en lo más hondo de tu pesar.

Descansa, siente pero no pienses,
ya no hay nada que hablar,
las palabras se quedan cortas
cuando no encuentran su lugar.

Escucha el latido apagado
de tu corazón agotado,
cansado de bombear
una ilusión rota que solo alimenta
tu soledad.

viernes, 20 de mayo de 2016

Nomadi recordó a Enzo

De repente, Nomadi sintió que no podía respirar, que había exhalado todo el aire de sus pulmones hasta dejarlos vacíos. Y por más que intentaba inhalar, nunca era suficiente. De repente recordó aquel momento en el que se arrancó el corazón del pecho y lo estrujó como si fuera una fruta, y al guardarlo de nuevo, estaba seco y magullado. Y al recordarlo, sintió un profundo dolor en su pecho. El aire se había perdido en el viento y su sangre huía por las cloacas en busca de un refugio en el que olvidar cada traumático instante en el que él había ofrecido su vida entera a cambio de una esperanza escrita en un idioma que sólo él podía entender. Había regalado sus sueños, casi los había machacado y pisoteado, todo por alimentar aquella vana ilusión de que Enzo podía volver. Y, cuando estaba casi convencido de que estaba enloqueciendo y comenzaba a recobrar el sentido, un recuerdo volvía de forma furtiva y él volvía a apretar con más fuerza el corazón entre sus manos, mientras la sangre se escurría por sus dedos e iba a parar al suelo. Pero ya ni siquiera los recuerdos servían de bálsamo, ni la esperanza era ya verde, sino que se había convertido en un negro denso e impenetrable, triste y lúgubre. Ahora no podía respirar, y al no hacerlo, miles de ideas se quedaban atrapadas en su mente, incapaces de salir por su boca en forma de palabras. Esas ideas iban de un lado a otro y tomaban el control de su cuerpo inerte, un cuerpo que ya no le pertenecía porque no era capaz ni de respirar ni de latir, un cuerpo del que ya no era consciente.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La risa invisible

Hace tiempo que no sé qué decir,
pero sé que quiero decir algo,
que mi alma arde con violencia,
que la sangre no llega a mis manos.

Cada suspiro parece de hielo,
cada latido, un mazazo sordo y hueco,
y al respirar, mi garganta se agrieta
y sucumbe a un silencio seco.

Me ahogo, y por dentro muero,
porque ya no entiendo cuánto
ha de esperar mi alma para
encontrar, en algún lugar, consuelo.

Y si río, lloro, y si lloro, desespero;
y al pensar, enloquece mi fuero interno,
buscando razones ocultas tras mis
pasos dudosos, vacilantes, inquietos.

Las noches pasan, los días vuelan,
y mis palabras no llegan, se esfuman,
me abandonan y me condenan.

Mis silencios se alargan, arde mi corazón,
arrasado hasta los cimientos por
una oscura e irreverente pasión.

Y, al final, algo acabó, algo murió,
dentro de mi pecho, todo se estremeció,
mientras mi corazón palpita enardecido
por una risa que nadie escuchó.

Y, al final, una lágrima cayó
y empapó el suelo que bajo mis pies
se hunde, como se desvanece la ilusión
de abrir los ojos y descubrir
que mi dolor fue un mal sueño,
y mi silencio, un inocente instante de indecisión.


miércoles, 4 de mayo de 2016

La historia sin palabras

He buscado en mil diccionarios
las palabras que para ti no encuentro,
que te escribo a escondidas
porque al pensarlas, les tengo miedo.

He borrado tantos versos que
podría con ellos contar mi vida,
pero solo narran una historia
que, sin ti, no quiero ni entiendo.

He escuchado tantas veces
mis promesas rotas,
que mis palabras, que no encuentro,
se vuelven vacías, frías, de hielo.

He dado tantos pasos
en un camino sin rumbo ni final,
que podría dar la vuelta
a un mundo que ya no quiero habitar.

Tus sonrisas se convirtieron en droga,
y mis silencios en una adicción
que rellenan los huecos
de mis frases vacías y ausentes.

El aire ya no sirve,
ni la sangre me revive,
pues mi corazón late
si tú lo sigues.

Pero tú no estás,
ni jamás lo harás,
y mi corazón no late
ni volverá.

Porque no hay palabras
en el mundo que me puedan consolar,
ni puedan decirte cuánto necesito
que me hagas soñar;

Que dibujes un camino
en el que mis huellas se borran
cuando tus pies las vuelven a pisar.

Porque no hay silencios en este mundo
para que te pueda contar
la historia sin palabras
que jamás quisiste escuchar.






jueves, 21 de abril de 2016

La vida que va y viene

Y la vida volvió a la tierra,
pero de forma distinta
a como, de ella, emergió.

El viento se llevó tus cenizas,
y tu ser, en el todo se perdió,
y se hizo uno con el mundo.

Y en cada una de esas cenizas,
una historia, un momento y un lugar.
Años y años que, sin decir nada,
se pierden en el tiempo y en la infinidad.

Tu sangre se hizo polvo
que ahora alimenta la tierra,
el aire las llevó donde quiso,
donde tú querías estar.

Un corazón fuerte y vigoroso
que regaló cada latido
a quien lo escuchó.

Y ahora que no estás,
mi corazón, el de muchos,
late con el eco del tuyo.

Y ahora que te has ido,
tus palabras, tu recuerdo,
llena con tristeza un vacío.

Y así, la vida volvió a la tierra,
los años se perdieron en el viento,
y del fondo de un lugar
perdido en el monte,

varias rosas y un árbol,
y un puñado de historias,
harán de tu paso por el mundo
algo eterno y puro.





domingo, 3 de abril de 2016

La liberación de Nomadi

A veces, sin darnos cuenta, nos encontramos ante un abismo y no recordamos cómo hemos llegado a él. Y así estaba Nomadi, de frente a ese lago inmenso, todavía buscando en su propio reflejo en el agua las respuestas que no encontraba. El pequeño nómada guardaba muchas preguntas sin responder en su pequeña mochila, tantas dudas como noches había permanecido allí, sentado al borde del lago sin saber qué hacer. Tras él, un par de árboles viejos, curtidos por el tiempo, que todo lo saben pero no pueden hablar; y los cientos, miles, millones de pasos que le habían llevado hasta allí. Cada uno parecía igual que el anterior, pero siempre era distinto. Nomadi tenía la sensación de que jamás se había cuestionado el destino de sus pasos, que uno imitaba al anterior sin aparente motivo. El bosque era suyo -o él era del bosque-, ante sus ojos no había más límites que los de la propia naturaleza. Y sin embargo, parecía que su ruta seguía un camino trazado por un ente invisible. ¿Qué le impedía cambiar de rumbo, qué se escondía en su subconsciente? Entonces se dio cuenta. Ese algo era lo mismo que le había empujado a caminar en el limbo, a buscar un destino sin valor ni determinación. El miedo había guiado sus pasos. Su corazón respiraba tranquilo, atormentado por el temor, cada vez que uno de sus pies se volvía a posar a pocos centímetros del anterior, buscando imitar su huella. Pero ahora su corazón latía frenético, ansioso, igual que un niño pequeño al que descubren en medio de su mentira. Nomadi miró a su alrededor: águilas, búhos, liebres u osos parecían ser libres, pero siempre hacían lo mismo. Algo en su interior les hacía creer que para cada destino solo existe un camino. Ese mismo algo que en el pequeño nómada se disfrazaba de miedo dentro de su corazón, lo había atrapado y teñía su sangre. Y Nomadi se enfadó, se enfadó tanto consigo mismo, con su corazón, con el bosque, con el miedo... que dejó de buscar respuestas y vació su mochila desperdigando sus preguntas por el suelo, delante de los dos árboles que sabían pero no podían responderlas. Algo se rompió dentro de él y fue la coraza que el miedo había tejido alrededor de su alma. Su corazón latía rápido, emocionado por sentirse con miedo pero libre al fin. Porque la tranquilidad no es alimento para el alma, que languidece de inanición cuando es conformismo lo que la nutre. Porque el miedo no debe oprimir la mente, sino el pecho, haciendo que el corazón lata deprisa pero sin barreras. Porque Nomadi por fin sabía que su destino, que era ser feliz, se hallaba en alguna parte de ese mundo que era su hogar, porque para Nomadi el mundo entero es su hogar. Y ahora, por fin, era libre de elegir su camino. Sin pensarlo dos veces, se tiró de cabeza al agua y comenzó a nadar. Tras él, ya no quedan huellas ni pasos, solo el agua de un lago inmenso que con sus brazadas apenas consigue enturbiar y que, a su paso, permanece aparentemente intacto. Y desde el cielo, Enzo sonríe y los animales del bosque le envidian, porque Nomadi ya es libre.