De cara al horizonte: 2020

jueves, 13 de agosto de 2020

El abismo

No sabía cómo, no sabía por qué, pero ahí estaba otra vez. El mismo abismo ante sus pies, tan profundo que, en la noche, ni siquiera la luna era capaz de alumbrar su frío fondo. Si se daba la vuelta, aún podía ver la huella de los pasos que le habían conducido allí la última vez. Al otro lado todavía estaban los restos de la cuerda que alguien le había lanzado para cruzarlo, ya rota y deshilachada, pues había sido usada más de una vez. Pero ahora no había nadie para lanzarle otra cuerda y no podía volver atrás. Nomadi quiso recordar en qué momento se perdió de nuevo en el bosque, cómo fue capaz de salirse de la senda otra vez. Otra puta vez estaba ahí, sintiendo que todo estaba perdido y que su única opción era saltar al vacío y rezar para que, en ese fondo oscuro, hubiera algo que amortiguara su caída. Esa sensación, una vez más, y eso pese a que las anteriores se juró a sí mismo que jamás se permitiría volver a ese lugar. Y durante un tiempo, nada parecía indicar que así fuera, y el bosque le regalaba un camino fácil, agradable, una senda rodeada de árboles inmensos que, no obstante, eran tan perfectos como para dejar ver el cielo inmenso entre sus ramas generosamente adornadas de hojas. Incluso en la noche, ese bosque recogía la calidez de las estrellas que impregnaba cada milímetro del suelo, cada piedra, cada grano de arena, cada gota de agua de cada charco, río y pantano; y la guardaba hasta que el sol volvía a su lugar para retomar el relevo. Era un bosque tan verde que si la felicidad se midiera en ese color, algún ser en otro planeta a millones de años luz podría observar un tenue resplandor verde inundando el universo saliendo de ese bosque. Y, de repente, Nomadi había abierto los ojos y estaba ahí de nuevo, en ese abismo lleno de oscuridad, donde un riachuelo bordeaba el filo y se precipitaba hacia lo desconocido en dos finos hilos de agua, como si el bosque llorara de dolor. Qué le había empujado a estar ahí otra vez, no lo recordaba, porque él no quería estar ahí. A veces sentía que sus pies avanzaban solos, rebeldes y anárquicos, haciendo caso omiso de lo que su cerebro les ordenaba. Era como si se hubieran acostumbrado tanto a caminar en la oscuridad, en el dolor, que aunque su cerebro les decía que era posible seguir una senda distinta, ellos acababan por volver ahí. Y ahí estaba otra vez, con el alma en los pies, esos que le habían traicionado. Suplicaba por volver a tener una cuerda, por volver a entrar en ese bosque verde y cálido, que era casi como el cielo. Y se juraba a sí mismo que se pondría otros zapatos, unos nuevos, distintos a las otras veces, que domaran a sus rebeldes pies, y que dejaría de tener miedo al pisar el suelo si sus ojos solo veían luz. Pero no hay siempre cuerdas disponibles, y Nomadi no podía contar con que volviera a suceder. Pero tampoco tenía fuerzas para dejarse caer. Así que el pequeño nómada se quedó ahí, sentado, al borde del abismo, y al lado de los dos riachuelos, lloró junto al bosque.