De cara al horizonte: 2013

martes, 17 de diciembre de 2013

La carrera de Nomadi; el recuerdo de Enzo.

Arrancó a caminar tan pronto encontró una mínima excusa para hacerlo. Había pasado mucho tiempo sentado y odiaba ver pasar el tiempo sin hacer nada. Pero no había tenido opción: llovía mucho. Tanto que allá donde miraba una densa cortina de lluvia se interponía entre él y su destino. Pero para un nómada su destino es simplemente caminar. Y Nomadi ya no recordaba la última vez que sus pies habían dejado una huella en el suelo, porque sus últimas huellas las había borrado la lluvia. Cuando el corazón late tan fuerte que casi parece gritar lo que quiere, cada segundo que pasa sin que lo hagas es como una punzada en el alma. Así que un día Nomadi arrancó a caminar pese a que la lluvia seguía inundando el camino, inundando la selva. Pero se agarró a la esperanza y a un trozo de tela y comenzó a andar.
Caminó muy rápido, intentando dejar atrás el remordimiento y la tristeza que anegaban sus pensamientos, como la lluvia el suelo. Todavía no olvidaba a Enzo... El destino quiso que pasara: son las reglas de la selva y nadie las puede alterar. Sólo a veces, bajo algunas circunstancias, con algunas excepciones. Momentos casi mágicos en los que nada ni nadie sabe cómo o por qué sí en vez de cómo o por qué no, en los que todos admiran perplejos la forma en que la vida se contradice a sí misma doblegándose a la voluntad de un espíritu. Pero son raras ocasiones... y la de Nomadi no había sido esa. Enzo ya no estaba ni volvería a estar a su lado. Siempre con él, pero nunca a su lado.

Cada vez que se lo repetía, una losa caía sobre su espalda y se entrelazaba entre sus piernas. Cada segundo le pedía que dejara de caminar mientras Nomadi volvía a sucumbir y sus lágrimas se confundían en su rostro con aquellas gotas de lluvia que empapaban su cara y todo cuanto le rodeaba. Y cuanto más quería parar, más corría pero menos fuerzas le quedaban. El tiempo pasó y dejó de llorar, pero siguió corriendo, sin saber por qué. Nomadi huyó de su mente, pero sus pensamientos siempre estaban con él. Por eso intentaba ir más rápido, tanto, que hasta la selva se desdibujó hasta convertirse en un borrón verde y marrón, enturbiado por el gris de una lluvia que nunca parecía cesar. Nunca supo el pequeño nómada del mundo cuánto tiempo corrió: pero un día, sin darse cuenta, cayó al suelo y se sentó en medio de un charco. Y allí, la tierra lo volvió a atrapar. Al pie de un árbol inmenso, sus raíces se entrelazaron impercetiblemente con sus pies, con sus brazos... con su alma. Su voluntad poco a poco se convertía en un vegetal más: inmóvil  e indiferentemente viva. Pero Nomadi resistió: furioso se arrancó las ramas tan fuerte que hasta se arrancó un pedazo de su vida. Dejándolo atrás, volvió a correr.

Hoy sigue lloviendo. Nomadi sigue corriendo. Entre gota y gota, a veces encuentra la felicidad. Pero sólo cuando deje de correr para huir y comience a correr para vivir, podrá volver a sonreír. Mientras, sigue siendo un nómada más, sin hogar, porque los nómadas no son de ningún sitio, el mundo es su hogar. Corre Nomadi, la selva se acaba. No seas enfermizo y disfruta de su frondosa vegetación, porque algún día, en el desierto, te arrepentirás de no haberte empapado de la lluvia. Maldecirás no haber acariciado cada uno de sus árboles, ni observado a cada uno de sus animales. No mientas Nomadi, no hay excusas: tu camino está empapado, pero tus pies los mueven tus músculos que seguirán calientes mientras la sangre fluya y tu corazón siga latiendo. Mientras tu voluntad siga intacta... pese a la lluvia. 

viernes, 24 de mayo de 2013

Carne débil

Duerme, furia criminal,
en tu vaso de cristal,
que la noche apremia
y la inmensidad me asedia.

Regresa, voluntad perdida,
que el tiempo es vida,
y la mía sufre a oscuras
tu ausencia y mi locura.

Calla, piano muerto,
en tu melodía me retuerzo,
y alimento mi osadía
de esperar despierto al día.

Eterna, noche cerrada,
que amamantas mis sueños,
y ambientas mis pesadillas
de niño pequeño.

No te vayas, vive siempre,
que tu oscuridad me entretiene,
y a mi ignorancia embelesa
cuando conviene.

Despierta, furia criminal,
rasga iracunda mi alma,
que ilusa creyó engañarme
cuando sin mí no es nada.

Envenena tus garras,
abre tus ojos para los míos cerrar,
acaba conmigo,
quiero con todo volver a terminar.

Olvídame, voluntad perdida,
pues yo ya no tengo vida,
hasta que vuelva a despertar.

Mi furia acabó conmigo
yo a mí mismo quise matar,
pues solo muerto puedo resucitar.

Carne débil, mente de acero,
que en la noche sucumbes
al fuego que yo mismo creo.

Siempre mal, siempre a oscuras,
pero al final sé cuándo acabar,
guiñándole uno ojo al futuro
que tras la muerte pienso devorar.

martes, 14 de mayo de 2013

Crónica de una muerte anunciada: conciencia humana, DEP.

Hoy la moribunda conciencia del hombre ha exhalado el último aliento. Ya hace mucho tiempo que el hombre dejó de ser hombre y volvió a convertirse en la más terrible de las bestias que ocupan este planeta. ¿El asesino? Un sistema complejo que nació después de la Segunda Guerra Mundial, un sistema de valores fundamentalmente que lleva alienando al hombre desde hace mucho tiempo. Cruenta fue la batalla que enfrentó a Europa y al mundo hace ya medio siglo, pero peor fue la solución de anestesiar al hombre para que jamás fuera consciente de los horrores que hoy en día se siguen cometiendo con la peor de las armas que existen: la falta de humanidad.

¿El arma? Un comunicado que probablemente pasará inadvertido porque nuestro sistema de valores así lo establece. Hoy la FAO afirma que los saltamontes tienen más proteínas que una chuleta de vaca y, por tanto, propone comer insectos para combatir el mundo.

"No estamos diciendo a la gente que debe comer bichos", advirtió Eva Muller, directora de la División de Economía, Políticas y Productos Forestales de la FAO. "Lo que decimos es que los insectos son sólo uno de los recursos que brindan los bosques, y que se puede explotar su potencial como alimento".

Algo va muy mal cuando un organismo internacional que se supone busca lo mejor para la paz y la dignidad del hombre propone comer bichos para combatir el hambre si, según sus propios informes, al año se tiran 1300 millones de toneladas de alimentos mientras 870 millones de personas pasan hambre. Cabrían a 1500 kilos de comida al año, 124 al mes y 4 al día. No creo que yo coma siquiera tres kilos de comida al día.

Algo va muy mal cuando la FAO propone comer insectos para combatir el hambre del mundo si, según informes de la ONU, vivimos en un planeta en el que una quinta parte de la población obtiene el 80% de los ingresos, mientras otras dos quintas sobreviven con menos de dos dólares al día.

Algo va horriblemente mal cuando la FAO propone comer bichos para combatir el hambre pasando por encima todas estas barbaridades. Esta es la peor muestra de que hoy la FAO ha firmado su rendición: hoy todo el poder del sistema comparte los valores que este propone al cien por cien, aun cuando los datos reflejan su inviabilidad.

Hoy más que nunca he perdido la fe, pero no en el hombre, sino en nuestro presente. Pero hoy más que nunca soy consciente de que necesitamos un cambio y ese ha de llegar ya. Si no hoy, mañana, y si no, dentro de algunos meses. Hoy he visto que la adversidad es grande, pero más grande tiene que ser nuestra voluntad de cambiar las cosas. Y no hacen falta guerras, ni revoluciones, ni sangre, ni llamas, ni bombas. Hace falta sentido común, tolerancia y voluntad. Y sé y confío en que podemos hacerlo. Porque si para que yo pueda comprar un litro de caldo por menos de un euro, 870 millones de personas han de pasar hambre, yo no quiero vivir en un mundo así.

jueves, 11 de abril de 2013

Sin calma, indeseada


No hay luz, no hay frío.
Sólo ánimo desvaído.
No queda llanto, ni dolor,
Todo ya cicatrizó.

Las nubes se echan encima
De gris inundan mi paleta,
De negro se tiñen mis pinceles,
Llenos de esperanza muerta.

Palabras tristes por naturaleza,
Lágrimas rotas por definición,
El alma, hinchada de fortaleza
De angustia inherente, el corazón.

No hablo, el calor se desmorona,
No respiro, la luz me abandona.
El yang sucumbe al yin,
El yin sucumbirá al yang.

Las heridas se fueron,
Se perdió el dolor,
Sonrío y desespero,
Porque no tengo razón.

No obstante, a pesar de todo,
Sin hogar, con destino,
Sin caricias, con atino,
Sin ti, sin mí, contigo y con todos:

Ahí está, imperceptible,
Contundente,
La huella de mi paso vehemente.

No hay ruta sin principio,
No hay rumbo sin final,
Aunque esté escondido
En el gris de una tímida tormenta
Que no sabe si viene o si va.

domingo, 17 de febrero de 2013

De regalo: incoherencia

Hoy no quiero escribir,
ya no hay palabras
no hay nada que decir.

Tengo el alma llena
de pequeñas heridas
tontas.

Tengo la cabeza
repleta de incoherencias
como la rima de este verso.

Pues no es verso
sino prosa deforme.

Pues no es tristeza,
sino desconcierto.

No es nada,
o lo es todo,
porque en este mundo,
lo que no es, acaba siendo,
lo que todo ocupa, termina desapareciendo.

Porque así es la vida,
vasos llenos y vacíos,
pero nunca podremos
llenarlo del todo sin vaciarlo.

Y esa es la lección
que el corazón nunca aprende,
pues para el es evidente
que si de sangre llena su alma,
su vida ha de estarlo de calma.

Busco despejar la fórmula
y dejar sola la incógnita,
y sin querer me quedo
matemáticamente sólo.

Y sin querer, o tal vez,
queriendo,
me pierdo y os regalo
un poco de mi incoherencia.

Pero no es vuestro día,
y no esperáis regalo,
por eso no me extrañaría
que no me deis la mano.

Hoy me gustaría
decir que no tengo razón
y poder pedirte perdón.

Hoy me encantaría
que no hubiera suturas,
y todo fuera cordura.

Pero si fuera así,
tal cual,
hoy no sería hoy,
ni sería mañana.

Hoy sólo sería un capítulo
de un cuento que jamás
llevará el título de la vida.



domingo, 27 de enero de 2013

El arrepentimiento de Nomadi: el principio de la búsqueda de Enzo

Nomadi miró a la luna, que estaba borrosa. No por el cielo, sino por las lágrimas que cubrían su rostro e inundaban sus ojos. Una y otra vez por su mente pasaba la imagen de Enzo, frente a frente a una temible pantera, negra como el carbón, como la más pura ausencia de luz. Y tantas veces lo recordaba, voluntaria o involuntariamente, tantas se repetía a sí mismo que nunca debió abandonarlo a su suerte, aunque quizás su suerte fuera ser abandonado y puede que entonces el abandono dejara de existir. Porque en la vida hay cosas que existen o no dependiendo de quien quiera que existan o no. Así, a veces el miedo inunda el cuerpo hinchando las venas como si la sangre pareciera que fuera a estallar, mientras que otros impasibles piensan en cómo pueden el problema solucionar. En este largo camino que es la vida, nada hay ningún sendero escrito a fuego sobre la inerte vitalidad de la tierra, aunque a veces nuestras actitudes sean los más grandes obstáculos que nos podamos imaginar. En este impredecible camino, todo parece ser nada, y nada parece ser todo, pues las cosas cambian a placer en una intrincada melodía de la que uno no sabe cuándo lleva la batuta y cuándo es mero esclavo del ritmo que la música parece llevar, aunque sea el del palpitar de nuestro corazón.

Sentado en el suelo al borde del río, miró el reflejo de la luna en el río, pues esta se escondía entre las nubes cada vez que alzaba la vista al cielo. Cada reflejo de su pálida luz iluminaba un recóndito lugar del lecho del río: rocas, peces en busca de un lugar en el que descansar aleteando más lento, pues nunca un pez deja de nadar salvo cuando la selva y sus naturales leyes así lo sentencian; y en la superficie se encontró a sí mismo, el reflejo de su alma. Cuántos días más debería esperar sin poder hacer nada a que las cosas se solucionasen. Cuántas veces puede la vida cambiar sin que un nómada pueda hacer nada. Cuántos pasos a través de la frondosa selva podría dar, bajo la atenta vigilancia de fuertes y robustos, a la par que longevos árboles, recelosos guardianes de la intimidad de la vida allá en la tierra, a la que protegían de la indiscreción de los rayos del sol. Cuántos latidos más podría su corazón aguantar antes de hincharse a llorar y a gritar hasta que la garganta y las manos sangraran el dolor de la impotencia de un espíritu lleno de heridas lacerantes que el destino le inflige con sus afiladas garras para obligarlo a avanzar, aunque el obligado se obligue a sí mismo sin saberlo.

Pobre Nomadi, pensaba la hiena, aunque en su naturaleza estuviera el reírse de la desgracia ajena. Pobre y menudo nómada, decía la letal serpiente. Pobre Nomadi, pensaba Nomadi. La rabia y la desesperación habían impregnado cada una de las huellas que en su camino había dejado atrás, y ahora comenzaban a pesar en las piernas del nómada del mundo. El viento elevó el susurro de su lamento y lo llevó hasta el último rincón y gélido rincón de la selva, y todo ser vivo supo que el pequeño habitante erguido sufría la incoherencia de su comportamiento que el caos de la vida había sembrado en su nervio. Entonces pasó una de las cosas que pasaban siempre cuando Nomadi no podía más: o bien la furia rompía los tensos corsés que la incertidumbre había atado a su alrededor... o bien, buscando fuerzas cuando ya no parecía tenerlas, de un lugar que ni el propio Nomadi sabía, se levantaba y cargaba a sus espaldas con la rabia y la desesperación, envolviéndolas en el miedo que le paralizaba. Y así, se levantó y se arrancó con la más determinada indiferencia la incertidumbre que al suelo lo ataba, y en su pequeña mochila guardó la rabia. Y así, dejó plantada a la luna que, aunque tímida, a través de las nubes observaba. Así, Nomadi volvió a hacer lo que siempre hace un nómada del mundo: caminar, vivir, hacer lo que la vida o él mismo consideran necesario, aunque sus actos estén impregnados de la más absoluta desgana y falta de fe, o llenos de la más férrea voluntad. Porque hay veces que no importa nada el destino, sino posar los pies sobre un camino: el que dejan los pies a través de sus huellas.
La luna tímida a través de las nubes